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Los relojes (Agatha Christie) - pág.6

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minuto o dos, se decidió a obrar de acuerdo con las instrucciones
que le habían dado. La puerta quedó abierta y ella penetró en la
casa. La correspondiente a la derecha del vestíbulo estaba
entornada. Llamó con los nudillos y esperó un momento,
penetrando seguidamente en la habitación. Encontróse con un
agradable cuarto de estar, excesivamente recargado de muebles,
quizá, para el gusto moderno. Lo que más le llamó la atención fue el
número de relojes que descubrió allí... Oyó el tictac de un reloj de
caja en un rincón; sobre la repisa de la chimenea había otro de
porcelana de Dresden; un pupitre contaba con uno de plata; en un
juguetero admiró un ejemplar menudo, de gran fantasía, dorado;
sobre una mesa vio otro en su estuche de cuero, de matiz algo
desvaído, una pieza de utilidad para el viaje. En uno de sus lados
aparecían unas desgastadas letras doradas, componiendo un
nombre: Rosemary.
Sheila Webb consultó el reloj del pupitre, no pudiendo evitar un
gesto de sorpresa. Marcaba las cuatro y diez minutos,
aproximadamente. Su mirada se posó en el ejemplar de la repisa de
la chimenea. Sus manecillas señalaban la misma hora.
La joven experimentó un enorme sobresalto al oír por encima de su
cabeza un levísimo susurro metálico seguido de un golpe seco. Por
la puertecilla de la caja, artísticamente labrada, de un reloj de
cuclillo, abierta de pronto, salió el clásico pajarito... ¡Cucú! ¡Cucú!
¡Cucú! En estas notas parecía haber un acento de amenaza. El
animalito desapareció, cerrándose la portezuela bruscamente.
Sheila Webb sonrió débilmente y miró a su alrededor, fijando luego
la vista de un modo distraído en un extremo del sofá que quedaba
no muy lejos de ella. Y fue entonces cuando, repentinamente, se
quedó inmóvil, irguiéndose poco a poco después, estremecida.
Tendido en el suelo, acababa de distinguir el cuerpo de un hombre.
Tenia éste los ojos entreabiertos, unos ojos que, evidentemente,


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