El tercer piso (Agatha Christie) - pág.9
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-No debiera dejar abierta la puerta del montacargas, señorita.
-No volveré a hacerlo -repuso Pat con un estremecimiento-. Alguien podría entrar y asesinarme como a esa pobre mujer de abajo.
-¡Ah!, pero no entraron por ahí -dijo el inspector.
-¿Quiere explicarnos lo que ha descubierto? -pidió Hércules Poirot.
-No sé si debiera hacerlo..., pero tratándose de usted, señor Poirot...
-Précisément -dijo Poirot-. Y estos jóvenes..., serán discretos.
-De todas maneras los periódicos lo divulgarán en seguida -continuó el inspector-. Y en realidad, no es un secreto. Bien, la mujer que ha sido encontrada muerta es la señora Grant. El portero la ha identificado. Una mujer de unos treinta y cinco años. Estaba sentada a la mesa y le dispararon con una pistola automática de poco calibre, probablemente alguien que estaba sentado ante ella. Cayó hacia delante y por eso manchó el tapete de sangre.
-¿Y nadie oyó el disparo? -preguntó Mildred.
-Dispararon con silenciador. No, nadie pudo oírlo. A propósito, ¿oyeron ustedes el chillido que lanzó la doncella al saber que su ama estaba muerta? No, eso demuestra la imposibilidad de que se oyera el tiro.
-¿Y la doncella no tiene nada que decir? -preguntó Poirot.
-Era su noche libre, y tenía una llave. Regresó a eso de las diez, todo estaba en silencio y pensó que su ama se había acostado.
-¿No miró en la salita?
-Sí, entró las cartas que habían llegado en el correo de la mañana, mas no viendo nada anormal..., ni más, ni menos, lo mismo que los señores Faulkener y Bayley. El asesino había escondido el cadáver detrás de las cortinas.
-Todo ello resulta bastante curioso, ¿no le parece?
A pesar de que Poirot habló en tono amable, su observación hizo que el inspector le mirara frunciendo el ceño.
-No querría que se descubriera el crimen hasta que tuviera tiempo de emprender la huida.
-Tal vez..., es posible... pero continúe lo que estaba diciendo.
-La doncella salió a las cinco. El doctor ha determinado que la señora Grant llevaba muerta... unas cuatro o cinco horas, ¿no es así?
El forense, que era un hombre de pocas palabras, se contentó con mover la cabeza afirmativamente.
-Y ahora son las doce menos cuarto. Yo creo que puede calcularse la hora con bastante exactitud.
Sacó una arrugada hoja de papel.
-Encontramos esto en el bolsillo del vestido de la interfecta. No teman tocarlo. No hay huellas digitales.
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