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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.19

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Dímelo y te haré gobernador de la mejor provincia de mi reino.
Pero el mensajero permanecía mudo y no osaba levantar la mirada. De modo que insistió Cleopatra:
-Tendrás diez provincias si me dices que Antonio viene pisándote los talones. O si me indicas que acuda corriendo a mis estancias, porque fue directamente a abrazar a sus hijos, tanto ansiaba conocerlos. Pero callas. Por tu silencio conozco que no llega Antonio. Entonces ¿qué mensaje traes? ¿Dice Antonio que aún ama a su reina? ¿O sólo quiere saber de sus dos príncipes?
Un silencio sepulcral se había desplomado sobre la terraza. La mudez del enviado, su nerviosismo, motivaron miradas de inteligencia entre los compañeros de la reina. Y ella, impaciente y acaso temerosa como el propio mensajero, descendió a su altura y le aferró por los hombros, sacudiéndolo violentamente hasta que sus miradas se encontraron.
Y todos pudieron oír las palabras que, después, han recogido tantas crónicas:
-Marco Antonio ha tomado esposa en Roma.
Por tres veces tuvo que repetir la noticia, con tanta furia le zarandeaba Cleopatra, con tanta violencia le acusaba de arrojar calumnias sobre el amado. Y así es la fragilidad de las víctimas del amor. Pues jamás hubo amante abandonado que creyese en su suerte cuando ésta se le anuncia de improviso. Por tres veces deberá crecer el padre Nilo, y tendrán que agotarse muchos plenilunios en los cielos, para que el amante comprenda que el final fue definitivo y, una vez asumida esta verdad, decida darse muerte como muchos o acepte seguir viviendo con sus heridas abiertas, como todos.
La ira de Cleopatra emitió un último destello. Y tanto acusó de canalla y embustero al enviado, que éste retrocedió, temeroso, hasta que su espalda tropezó con la coraza de los soldados.
-Si tu anuncio es cierto, que muera Antonio como los escorpiones. ¡Que muera por su propio veneno! Díselo así cuando le veas. Pero antes dime quién es la feliz esposa, la que puede presumir de disfrutar los goces que eran míos. ¡Dame su nombre! -y gritó a sus amigos-. Para que el mundo lo entienda tendrá que ser más joven que Cleopatra. Tendrá que ser mucho más bella. Tendrá que darle hijos más hermosos.
-Es la noble Octavia -contestó el mensajero.
Los presentes no pudieron reprimir un rumor entre sorprendido y escandalizado. Cleopatra, un desgarro.
-La hermana de mi enemigo. La hermana de Octavio -y, dirigiéndose a Marcio-: ¿No estaba ya casada esta perra romana?
En su posición de lugarteniente de Antonio, el general no se atrevía siquiera a hablar.
Al fin murmuró:
-Es viuda, mi reina.
Cleopatra se echó a reír.


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