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No me digas que fue un sueño (Terenci Moix) - pág.2

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Yo me refiero a otros talentos, me re fiero al talento de saber narrar y si se quiere, al talento de saber manejar los movimientos, las emociones, los diálogos con los que se cuenta la historia, al talento de crear los personajes matizando harta el infinito su carácter, su aspecto físico, sus gestos y sus estados de ánimo, al talento de saber ambientar la acción en un tiempo y en un lugar determinados de tal forma que los comportamientos que se narran sean en buena parte consecuencia de las circunstancias que en aquellos se desarrollan, al talento de descubrir y dar a conocer el aroma del aire, el color de los crepúsculos, el timbre de los sonidos, tanto de lugares como de personas, es decir, al excelso talento de crear un mundo personal, creíble y coherente. Pero hay más, hay también el don de encontrar el tono que conviene a ese mundo, la voz de un narrador que desgrane con paso adecuado ese tono, sabiendo pasar del lirismo a ln épica si eso es lo pertinente, de la emoción al desgarro, de la mera explicación al compromiso con la propia historia. Por si fuera poco, el narrador deberá dar rienda suelta a su fantasía y a su imaginación de tal modo que aún describiendo un hecho concreto ya ocurrido, un acontecimiento personal o histórico, lo envolverá en el torbellino de la fabulación, trascenderá de la mera realidad y lo convertirá en un hecho insólito y genuino. Y todo esto es tan difícil de encontrar que cuando ocurre el lector reconoce a primera vista, es decir, desde la primera página, al verdadero narrador que acaba de encontrar. Y con ese talante seguirá en cada párrafo, en cada página del libro, reirá con él, llorará con él, se recreará con él en la prosa y en ella quedará prendido hasta conocer un desenlace que aun sabiéndolo de antemano habrá de aportarle un goce y una sabiduría que es incapaz de anticipar. Éste y no otro es el mérito de un novelista, saber contar una historia.
Conocí a Terenci Moix hace muchos años, muchísimos. Lo recuerdo sentado y rodeado de amigos a los que les estaba acabando de contar una historia, tal vez no fuera más que una anécdota o cualquier suceso intrascendente que le había ocurrido. El rostro de sus acompañantes era de atención ansiosa, insinuando ya los labios la sonrisa que iba dibujándose a medida que avanzaba la anécdota. Los ojos tan brillantes y su expresión tan divertida como los del narrador, cuya vivacidad acompañaban los gestos de las manos y sobre todo esa música de las palabras que fluían acompasadas o precipitadas a voluntad, esa modulación de cada sonido como si quisiera arrancarle el verdadero significado al verbo, la cadencia, casi el canto, de la historia que estaba contando, no se me olvidarán en la vida.


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