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Brasil país del futuro (Stefan Zweig) - pág.50

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En una época en que Norteamérica, cuya superficie es igual a la del Brasil, apenas conoce la sexta parte de su suelo, el Brasil se ha extendido hasta cerca de sus fronteras actuales, y hace mucho tiempo ya que la pequeña metrópoli ha dejado de servir de vara, pues diseñado en los límites inmensos del Brasil, Portugal aparece pequeño como una mancha de tinta en una enorme tela. Y cuando en el año de 1750, en el tratado de Madrid, se procura fijar definitivamente las fronteras del Brasil con las posesiones españolas, España debe reconocer a disgusto que, desde hace tiempo ya, es imposible restringir el nuevo país a las líneas anticuadas del tratado de Tordesillas y que, con el derecho más fuerte de su trabajo colonial, dejó sin valor a todos los articulados de papel. A la vuelta del siglo dieciocho, Europa y el propio Brasil empiezan paulatinamente a comprender cuán grande, cuán poderoso, cuán unido llegó a ser en esos años aparentemente faltos de grandes sucesos, gracias a su modo de ser tranquilo y perseverante. Y cuanto más se emancipa de su infancia, de su independencia económica, tanto más debe sentir como inconveniencia e injusticia que su desarrollo libre siga siendo trabado de manera mezquina por la tutela poco política, y además imprudente, de Portugal.
Con el propósito de extraer los mayores provechos posibles de su colonia, la corona de Portugal envuelve al Brasil con una red tupida de leyes, que aísla del comercio mundial a las arterias pletóricas de fuerza del joven país. El gobierno no permite, v. gr., al país donde el algodón crece libre y exuberante, la fabricación de tejidos, para obligar así al Brasil a encargar los productos manufacturados en Lisboa. Y las prohibiciones de ese jaez se multiplican hasta lo arbitrario y estúpido. Así, se prohibe, por un decreto fechado en 1775, la fabricación de jabón, se prohibe la producción de alcohol, a fin de obligar a los consumidores a beber mayor cantidad de vino portugués. El gobernador se niega a recibir en su palacio a cualquier persona que no lleve vestido confeccionado con telas portuguesas. Se prohibe en un país que ya cuenta con dos millones y medio de habitantes, la plantación de arroz, y en el siglo de la filosofía y del enciclopedismo, no se permite a sus ciudades la impresión de diarios y ni siquiera de libros; ningún brasileño tiene derecho a comprar un navío extraño, ningún extranjero tiene permiso para vivir en Río y apenas si alguno lo tiene para llegar hasta esa ciudad.


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