Alicia en el país de las maravillas (Lewis Carroll) - pág.43
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-¿Cómo voy a saberlo yo? -replicó Alicia, asombrada de su propia audacia-.
¡No es asunto mío!
La Reina se puso roja de furia, y, tras dirigirle una mirada fulminante y feroz, empezó a gritar:
-¡Que le corten la cabeza! ¡Que le corten...!
-¡Tonterías! -exclamó Alicia, en voz muy alta y decidida.
Y la Reina se calló.
El Rey le puso la mano en el brazo, y dijo con timidez:
Considera, cariño, que sólo se trata de una niña!
La Reina se desprendió furiosa de él, y dijo al Valet:
-¡Dales la vuelta a éstos!
Y así lo hizo el Valet, muy cuidadosamente, con un pie.
-¡Arriba! -gritó la Reina, en voz fuerte y detonante.
Y los tres jardineros se pusieron en pie de un salto, y empezaron a hacer profundas reverencias al Rey, a la Reina, a los infantes reales, al Valet y a todo el mundo.
-¡Basta ya! -gritó la Reina-. ¡Me estáis poniendo nerviosa! -Y después, volviéndose hacia el rosal, continuó-: ¡Qué diablos habéis estado haciendo aquí?
-Con la venia de Su Majestad -empezó a explicar Dos, en tono muy humilde, e hincando en el suelo una rodilla mientras hablaba-, estábamos intentando...
-¡Ya lo veo! -estalló la Reina, que había estado examinando las rosas ¡Que les corten la cabeza!
Y el cortejo se puso de nuevo en marcha, aunque tres soldados se quedaron allí para ejecutar a los desgraciados jardineros, que corrieron a refugiarse junto a Alicia.
-¡No os cortarán la cabeza! -dijo Alicia, y los metió en una gran maceta que había allí cerca.
Los tres soldados estuvieron algunos minutos dando vueltas por allí, buscando a los jardineros, y después se marcharon tranquilamente tras el cortejo.
-¿Han perdido sus cabezas? -gritó la Reina.
-Sí, sus cabezas se han perdido, con la venia de Su Majestad -gritaron los soldados como respuesta.
-¡Muy bien! -gritó la Reina-. ¿Sabes jugar al croquet?
Los soldados guardaron silencio, y volvieron la mirada hacia Alicia, porque era evidente que la pregunta iba dirigida a ella.
-¡Sí! -gritó Alicia.
-¡Pues andando! -vociferó la Reina.
Y Alicia se unió al cortejo, preguntándose con gran curiosidad qué iba a suceder a continuación.
-Hace... ¡hace un día espléndido! -murmuró a su lado una tímida vocecilla.
Alicia estaba andando al lado del Conejo Blanco, que la miraba con ansiedad.
-Mucho -dijo Alicia-. ¿Dónde está la Duquesa?
-¡Chitón! ¡Chit6n! -dijo el Conejo en voz baja y apremiante. Miraba ansiosamente a sus espaldas mientras hablaba, y después se puso de puntillas, acercó el hocico a la oreja de Alicia y susurró-: Ha sido condenada a muerte.
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