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Mujercitas (Louisa May Alcott) - pág.51

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- ¡Jamás he visto una muchacha como tú! Cuando recibes un cumplido no te enteras-repuso Meg, con aspecto de persona entendida.
-Pienso que es todo tontería; te agradeceré que no seas tonta y no estropees mi diversión, Laurie es un buen chico y me gusta; no consiento alusiones sentimentales o cumplimientos y estupideces por el estilo, seremos buenas con él, porque es huérfano de padre y madre, y puede venir a visitarnos; ¿verdad, mamá?
-Sí, Jo; tu amiguito será bienvenido, y espero que Meg recordará que las niñas deben ser niñas tan­to tiempo como puedan.
-Yo no me tengo por niña, y aún no he entrado en los trece años -dijo Amy. ¿Qué dices tú, Beth?
-Yo pensaba en nuestro «Peregrino" -respondió Beth, que no había oído una palabra -. Cómo sa­líamos del Pantano del Desaliento y pasamos por la Puerta Estrecha al resolver ser buenas y subimos al collado Dificultad, procurando serio; y esa casa allá va a ser nuestro Palacio Hermoso.
-Pero antes tenemos que pasar junto a los leones -dijo Jo, como si la perspectiva de tal encuentro fuera muy atrayente.
CAPITULO 6
BETH DESCUBRE EL PALACIO HERMOSO

La casa grande resultó ser un palacio hermoso, aunque pasó algún tiempo antes de que todas entra­ran en él. Beth encontró muy difícil pasar junto a los leones. El viejo señor Laurence fue el más grande de todos; pero después de su visita, cuando dijo algo gracioso o amable a cada muchacha, y habló de tiempos viejos con la señora March, nadie, con excepción de la tímida Beth le temía mucho.
El otro león era su pobreza y la riqueza de Laurie; porque no querían aceptar atenciones a las cua­les no podían corresponder. Pero después de algún tiempo descubrieron que él era quien se consideraba favorecido; todo le parecía poco para demostrar su gratitud a la bienvenida maternal de la señora March, la compañía alegre de las chicas y el consuelo que encontró en su humilde casa; de modo que pronto olvidaron el orgullo y cambiaron atenciones mutuas, sin detenerse a pensar cuál era mayor.
La nueva amistad crecía como hierba en primavera. A todas les gustaba Laurie, y él, por su parte, dijo confidencialmente a su abuelo que las March eran muchachas excelentes. Con el delicioso entu­siasmo de la juventud, acogieron al muchacho solitario de tal manera que pronto era como de la casa, y halló encantador el compañerismo inocente de aquellas chicas sencillas.


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