El mantel de Tabby (Louisa May Alcott) - pág.8
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Entonces los granjeros se echaron las armas al hombro, con pocas palabras, pero con expresión resuelta, y a la salida del sol estaban preparados cien hombres, con el buen párroco Emerson al frente. Otros hombres acudían desde los pueblos vecinos, y todos sentían que había llegado la hora en que la paciencia dejaba de ser una virtud y era justo rebelarse.
Grande era la excitación por todas partes, pero en casa del capitán David Brown un corazoncito latía lleno de esperanza y temor : el de Tabby, que desde la puerta miraba el pueblo, del otro lado del río, donde redoblaban tambores, repicaban campanas y la gente corría de un lado otro.
-No podré pelear, pero tengo que ver -declaró y, tomando su capa, corrió al puente del Norte, prometiendo a su tía regresar- a avisarle en cuanto apareciera al enemigo.
-¿Qué pasa? ¿Ya vienen? -le gritó la gente desde la rectoría y las pocas viviendas que en esa época se alzaban a lo largo del camino.
Pero Tabby, ansiosa por ver lo que sucedía en aquel día memorable, se limitó a sacudir la cabeza y correr más rápido. Al llegar al centro de la población, descubrió que la pequeña compañía se había puesto en marcha por el camino de Lexington para salir al encuentro del enemigo. Sin descorazonarse, corrió entonces en esa dirección, subió a una alta ribera y esperó la llegada de los granaderos británicos, de quienes tanto oyera hablar.
Llegaron a eso de las siete, con el sol reflejado en las armas de ochocientos soldados ingleses marchando hacia los cien intrépidos granjeros, que aguardaron hasta tenerlos a escasa distancia.
-Resistamos y, si tenemos que morir, hagámoslo aquí -proclamó el valiente párroco Emerson, que seguía entre su gente, dispuesto a cualquier cosa, menos a rendirse.
-¡No -repuso un cauteloso hombre de Lincoln-, no nos conviene empezar la guerra
Así fue como, de mala gana, retrocedieron hacia el pueblo, seguidos lentamente por los ingleses, fatigados como estaban por su marcha de diez kilómetros a través de las montarlas, desde Lexington. Al llegar a una casita construida en la ladera, uno de los sedientos oficiales descubrió un pozo, con un balde que se balanceaba al final de una larga pértiga. Subió corriendo y estaba a punto de beber, cuando una niña, que estaba agazapada junto al pozo, se incorporó de un salto y con enérgico ademán, le arrojó agua al rostro, al tiempo que exclamaba:
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