Buenas esposas (Louisa May Alcott) - pág.38
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su orgullo materno preguntó:
-Bueno, chiquita, ¿de qué se trata?
-Quisiera invitar a las chicas a almorzar aquí la
semana que viene, llevarlas en coche a todos los sitios
que quieran visitar, hacer quizá un paseo en bote
por el río... es decir, hacerles una fiestecita artística.
-Todo parece factible. ¿Qué les darías de almorzar?
Me imagino que bastará con sándwich, torta, fruta
y café, ¿no?
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-¡Oh, no, mamá! Yo había pensado darles también
lengua y pollo fríos, chocolate y helados. Estas chicas
están habituadas a esas cosas y yo quiero que
mi almuerzo sea correcto y elegante por lo mismo
que saben que trabajo para vivir.
-¿Cuántas chicas son? .preguntó la señora empezando
a ponerse seria.
-En clase somos entre doce y cator ce, pero no
creo que vengan todas...
-¡Criatura! Vas a tener que alquilar un ómnibus
para llevarlas de aquí para allá.
-¡Pero, mamá! ¿Cómo se te ocurre? Probablemente
no vendrán más de siete u ocho. Alquilaré una
camioneta y pediré prestado el cochecito del señor
Laurence.
-Todo eso saldrá caro, Amy.
-No tanto, mamita. He calculado el gasto y lo voy
a pagar yo.
-¿No te parece, querida, que por lo mismo que
esas chicas están acostumbradas a esas cosas, por
más que nos empeñemos no les ofreceríamos nada
nuevo? Por eso, si hacemos todo más sencillo, les
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