Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.14
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Era. Algo muy gaseoso y tenue.
Si yo hubiera pensado en tomar apuntes...
Pero, dígame, ¿cómo había de prever entonces la necesidad de tomar apuntes?
Cualquier persona con un ápice de imaginación comprenderá los extraordinarios alcances de tal substancia, y participará un poco de la emoción que sentí cuando esa comprensión surgió para mí del laberinto de frases abstrusas con que Cavor se expresaba ¡Cómica escena para un teatro; cierto! Algún tiempo transcurrió antes de que me fuera dado creer que había interpretado correctamente lo que me de-cía, y tuve especial cuidado en no hacerle preguntas que le hubieran permitido medir la profundidad del pozo de ignorancia en que echaba, su cotidiana, explicación; pero nadie que lea esta historia comprenderá completamente mi estado de espíritu en
aquellos días, porque, de mi narración insuficiente, será imposible extraer la fuerza de mi convicción de que aquella sorprendente substancia iba a ser fabricada.
No recuerdo haber dedicado a mi drama una hora de trabajo consecutivo a partir de mi primera vi-sita a su casa. Mi imaginación tenía ya otras cosas en que ocuparse. Parecía no haber límites, para los alcances de la tal substancia: cualquiera que fuese el objeto a que me imaginara aplicarla, llegaba a milagros y revoluciones. Por ejemplo, si alguien necesitaba alzar un peso, por enorme que fuera, con sólo poner una hoja de esa substancia debajo, podría levantarlo como se levanta una paja. Mi primer impulso natural fue aplicar el principio a los cañones y acorazados, y a todos los materiales y métodos de guerra, y de eso pasé a la navegación mercante, a la locomoción, a la construcción de casas, a todas las formas concebibles de la industria humana. La casualidad que me había conducido a la misma cuna de los nuevos tiempos - el descubrimiento marcaría una época, seguramente, - era de esas casualidades que se presentan una vez en mil años. La cosa se desarrollaba, se extendía, se extendía...
Entre otras de sus consecuencias, conté mi redención de los negocios. Vi ya formada una compañía principal y compañías secundarias, patentes á la derecha, patentes a la izquierda, sindicatos y trusts, privilegios y concesiones, que brotaban y se esparcían, hasta que una vasta, estupenda compañía Cavorita manejaba y gobernaba el mundo.
¡Y yo pertenecía a ella!
Sin vacilar adopté mi línea de conducta. Sabía que mis pies no estaban habituados a ese terreno, pero cuando es necesario, sé saltar por encima de los obstáculos.
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