Drácula (Abraham Stroker) - pág.398
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Por consiguiente, se retrasaba hasta que la misma belleza de la muerta viva lo hipnotizaba; y se quedaba allí, hasta que llegaba la puesta del sol y cesaba el sueño del vampiro. Entonces, los hermosos ojos de la mujer vampiro se abrían y lo miraban llenos de amor, y los labios voluptuosos se entreabrían para besar... El hombre es débil. Así había una víctima más en la guarida del vampiro; ¡uno más que engrosaba las filas terribles de los muertos vivos...!
Desde luego, existe cierta fascinación, puesto que me conmuevo ante la sola presencia de una mujer tan bella, aun cuando esté tendida en una tumba destartalada por los años y llena del polvo de varios siglos, aunque había ese olor horrible que flotaba en la guarida del conde. Sí; me sentía turbado... Yo, van Helsing, a pesar de mis propósitos y de mis motivos de odios..., sentía la necesidad de un retraso que parecía paralizar mis facultades y aferrarme el alma misma. Era posible que la necesidad de sueño natural y la extraña opresión del aire me estuvieran abrumando. Estaba seguro de que me estaba dejando dominar por el sueño; el sueño con los ojos abiertos de una persona que se entrega a una dulce fascinación, cuando llegó a través del aire silencioso y lleno de nieve un gemido muy prolongado, tan lleno de aflicción y de pesar, que me despertó como si hubiera sido una trompeta, puesto que era la voz de la señora Mina la que estaba oyendo.
Luego, me dediqué a mi horrible tarea y descubrí, levantando las losas de las tumbas, a otra de las hermanas, la otra morena. No me detuve a mirarla, como lo había hecho con su hermana, por miedo de quedar fascinado otra vez; continúo buscando hasta que, de pronto, descubro en una gran tumba que debió ser construida para una mujer muy amada, a la otra hermana, a la que, como mi amigo Jonathan, he visto materializarse de la niebla. Era tan agradable de contemplar, de una belleza tan radiante y tan exquisitamente voluptuosa, que el mismo instinto de hombre en mí, que exigía parte de mi sexo para
amar y proteger a una de ellas, hizo que mi cabeza girara con una nueva emoción. Pero, gracias a Dios, aquel lamento prolongado de mi querida señora Mina no había cesado todavía en mis oídos y, antes de que el hechizo pudiera afectarme otra vez, ya me había decidido a llevar a cabo mi terrible trabajo.
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