El Conde de Montecristo (Alejandro Dumas) - pág.11
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no debe desairar a su naviero. -Ya le expliqué la causa de mi negativa -replicó Dantés-, y espero que lo haya comprendido. -Para calzarse la capitanía hay que lisonjear un tanto a los patrones. -Espero ser capitán sin necesidad de eso -respondió Dantés. -Tanto mejor para ti y tus antiguos conocidos, sobre todo para alguien que vive allá abajo, detrás de la
Ciudadela de San Nicolás. -¿Mercedes? -dijo el anciano. -Sí, padre mío -replicó Dantés-; y con vuestro permiso, pues ya que os he visto, y sé que estáis bien y
que tendréis todo lo que os haga falta, si no os incomodáis, iré a hacer una visita a los Catalanes. -Ve, hijo mío, ve -dijo el viejo Dantés-, ¡Dios te bendiga en tu mujer, como me ha bendecido en mi
hijo! -¡Su mu jer! -dijo Caderousse-; si aún no lo es, padre Dantés; si aún no lo es, según creo. -No; pero según todas las probabilidades -respondió Edmundo, no tardará mucho en serlo. -No importa, no importa -dijo Caderousse-, has hecho bien en apresurarte a venir, mu chacho. -¿Por qué? -preguntole. -Porque Mercedes es una buena moza, y a las buenas mozas nunca les faltan pretendientes, a ésa sobre
todo. La persiguen a docenas. -¿De veras? -dijo Edmundo con una sonrisa que revelaba inquietud, aunque leve. -¡Oh! ¡Sí! -replicó Caderousse-, y se le presentan también buenos partidos, pero no temas, como vas a
ser capitán, no hay miedo de que lo dé calabazas. -Eso quiere decir -replicó Dantés, con sonrisa que disfrazaba mal su inquietud-, que si no fuese
capitán... -Hem... -balbució Caderousse. -Vamos, vamos -dijo el joven-, yo tengo mejor opinión que vos de las mujeres en general, y de
Mercedes en particular, y estoy convencido de que, capitán o no, siempre me será fiel. -Tanto mejor -dijo el sastre-, siempre es bueno tener fe, cuando uno va a casarse; ¡pero no importa!,
créeme, muchacho, no pierdas tiempo en irle a anunciar lo llegada y en participarle tus esperanzas. -Allá voy -dijo Edmundo, y abrazó a su padre, saludó a Caderousse y salió. Al poco rato, Caderousse se despid ió del viejo Dantés, bajó a su vez la escalera y fue a reunirse con
Danglars, que le estaba esperando al extremo de la calle de Senac. -Conque -dijo Danglars-, ¿le has visto? -Acabo de separarme de él -contestó Caderousse.
-¿Y te ha hablado de sus esperanzas de ser capitán?
-Ya lo da por seguro.
-¡Paciencia! -dijo Danglars-; va muy de prisa, según creo.
-¡Diantre!, no parece sino que le haya dado palabra formal el señor Morrel.
-¿Estará muy contento?
-Está más que contento, está insolente. Ya me ha ofrecido sus servicios, como si fuese un gran señor, y
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