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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.10

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     Con el mismo generoso espíritu de emulación he recurrido últimamente al remedio universal contra la falta de dinero de que me quejo: una breve residencia en un clima meridional, con lo que no sólo me he ahorrado muchas carretadas de carbón, sino que también he experimentado el placer de excitar la simpatía general por mis circunstancias adversas entre aquéllos, quienes, en el caso de haber continuado gastando mis rentas entre ellos, se hubiesen preocupado poco si me hubiesen ahorcado. Así, mientras bebo vin ordinaire, mi cervecero ve disminuída la venta de sus vasos de cerveza; mientras compro mi frasco de cinq fracs, mi ración de Oporto no sale de las manos de mi proveedor de vinos; mientras mi côtelette à la Maintenon humea en mi plato, el macizo solomillo cuelga de su gancho en la tienda de mi amigo de la ciudad con el delantal azul. Todo, en una palabra, de lo que gasto aquí se pierde en casa, y los pocos sous ganados por el garçon perruquier, y hasta el mendrugo de pan duro que doy a su perrito de ojos colorados y nalgas sin pelos, resultan perdidos para mi viejo amigo el barbero, y el honrado Trusty, el perro mastín del corral. De suerte que tengo la dicha de saber que en todo momento mi ausencia es echada de menos y lamentada por aquellos que se preocuparían poco de mí si estuviese yo en el ataúd en el caso de estar seguros de la manera de pensar de mis albaceas. Sin embargo, exceptúo solemnemente de esta acusación de egoísmo e indiferencia a Trusty, el perro del corral, cuyas cortesías conmigo tengo razón para pensar eran de un carácter más desinteresado que las de cualquier otra persona que me ayudó a gastar la renta de mis bienes.
     Mas la ventaja, ¡ay de mí!, de excitar tantas simpatías en casa no se consigue sin sufrir considerables inconveniencias personales. «Si quieres que llore, dice Horacio, debes primero derramar lágrimas»; y en realidad, podría a veces lamentarme del cambio que he hecho en las comodidades domésticas, que la costumbre había hecho necesarias, por los substitutos forasteros que el capricho y el amor al cambio han puesto de moda. Confesaré con vergüenza que mi estómago casero echa de menos el asado de buey genuino, según la costumbre de la casa Dolly, caliente del asador, tostado por fuera y escarlata, una vez que se aplica el cuchillo, por dentro, cuya falta no suplen todas las delicadezas de la carte de Very, con sus miles ortografías variadas de Bifticks de Mouton. El hijo de mi madre no se acostumbra a deleitarse con bebidas ligeras, y en estos tiempos en que la malta se obtiene por nada, preferiría un buen bock de cerveza a la bebida ácida e insubstancial que aquí lleva el honroso nombre de vino, aunque en su esencia y cualidades es muy similar al agua del Sena.


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