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La importancia de llamarse Ernesto (Oscar Wilde) - pág.38

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¿No podría usted dejarlo en veinte minutos?
     ALGERNON. -Vuelvo dentro de nada. (La besa y sale corriendo por el jardín.)
     CECILIA. -¡Qué muchacho más impetuoso es! ¡Me gusta tanto su pelo! Tengo que apuntar su declaración en mi diario. (Entra MERRIMAN.)
     MERRIMAN. -Miss Fairfax acaba de llegar y quiere ver a míster Worthing. Es para un asunto importantísimo, según dice.
     CECILIA. -¿No está míster Worthing en su biblioteca?
     MERRIMAN. -Míster Worthing salió en dirección a la parroquia, hace ya un rato.
     CECILIA. -Dígale usted a esa señora que tenga la bondad de venir aquí. Míster Worthing volverá seguramente en seguida. Y puede usted traer el té.
     MERRIMAN. -Bien, señorita. (Sale.)
     CECILIA. -¡Miss Fairfax! Supongo que será una de esas infinitas buenas señoras de edad madura que colaboran con el tío Jack en alguna de sus obras filantrópicas de Londres. No me gustan mucho las mujeres que toman parte en obras filantrópicas. Las encuentro muy atrevidas. (Entra MERRIMAN.)
     MERRIMAN. -Miss Fairfax. (Entra GUNDELINDA. Sale MERRIMAN.)
     CECILIA. (Yendo a su encuentro.)-Permítame que me presente a usted yo misma. Me llamo Cecilia Cardew.
     GUNDELINDA. -¿Cecilia Cardew? (Dirigiéndose hacia ella y estrechándola la mano.) ¡Qué nombre más encantador! Algo me dice que vamos a ser grandes amigas. Siento por usted un afecto indecible. Mi primera impresión ante la gente no me engaña nunca.
     CECILIA. -¡Qué amable es semejante afecto por su parte, dado el poco tiempo, relativamente, que nos conocemos! Siéntese usted, se lo ruego.
     GUNDELINDA. (Sigue de pie.)-¿Puedo llamarla a usted Cecilia, verdad?
     CECILIA. -¡Con mucho gusto!
     GUNDELINDA. -¿Y usted me llamará siempre Gundelinda, verdad?
     CECILIA. -Si usted quiere.
     GUNDELINDA. -Entonces está convenido, ¿no es eso?
     CECILIA. -Tal creo. (Una pausa. Siéntanse las dos juntas.)
     GUNDELINDA. -Quizá sea ésta la ocasión de decirle quién soy. Mi padre es lord Bracknell. ¿Supongo que no habrá usted oído nunca hablar de papá?
     CECILIA. -No creo.
     GUNDELINDA. -Fuera del círculo de su familia, papá, me complace decirlo, es completamente desconocido. Yo encuentro que así debe ser. El hogar me parece la esfera natural del hombre. Y realmente, en cuanto el hombre empieza a descuidar sus deberes domésticos se vuelve dolorosamente afeminado, ¿no es cierto? Y eso a mí no me gusta. ¡Hace a los hombres tan atractivos! Cecilia, mamá, que tiene unas ideas muy rígidas sobre la educación, me ha enseñado a ser de una miopía extraordinaria, ¡es una de las partes de su sistema! ¿No la molestará a usted, por lo tanto, que la mire con mis impertinentes?


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