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El Príncipe y Medigo (Mark Twain)

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Mark Twain
El Príncipe y Medigo


Índice
Capítulo
PREFACIO
I. Nacimiento del príncipe y del mendigo
II. La infancia de Tom
III. Encuentro de Tom y el príncipe
IV. Comienzan los problemas del príncipe
V. Tom como un patricio
VI. Tom recibe instruccione
VII. La primera comida regia de Tom
VIII. La cuestión del sello
IX. El espectáculo del río
X. Las penas del príncipe
XI. En el Ayuntamiento
XII. El príncipe y su salvador
XIII. La desaparición del príncipe
XIV. ¡El rey ha muerto! ¡Viva el rey!
XV. Tom como rey
XVI. La comida de gala
XVII. Fu-Fu primero
XVIII. El príncipe y los vagabundos
XIX. El príncipe con los aldeanos
XX. El príncipe y el ermitaño
XXI. Hendon, el salvador
XXII. Víctima de la traición
XXIII. El príncipe prisionero
XXIV. La escapatoria
XXV. Hendon Hall
XXVI. Repudiado
XXVII. En la cárcel
XXVIII. El sacrificio
XXIX. A Londres
XXX. El proceso de Tom
XXXI. La procesión del Reconocimiento
XXXII. El Día de la Coronación
XXXIII. Eduardo como rey
XXXIV. Conclusión -Justicia y retribución


PREFACIO

Voy a poner por escrito un cuento, tal como me lo contó uno que lo sabía por su padre, el cual lo supo anteriormente por su padre; este último de igual manera lo había sabido por su padre... y así sucesivamente, atrás y más atrás, más de trescientos años, en que los padres se lo transmitían a los hijos y así lo iban conservando. Puede ser historia, puede ser sólo leyenda, tradición. Puede haber sucedido, puede no haber sucedido: pero podría haber sucedido. Es posible que los doctos y los eruditos de antaño lo creyeran; es posible que sólo a los indoctos y a los sencillos les gustara y la creyeran.

CAPITULO I

NACIMIENTO DEL PRÍNCIPE Y DEL MENDIGO

En la antigua ciudad de Londres, un cierto día de otoño del segundo cuarto del siglo XVI, le nació un niño a una familia pobre, de apellido Canty, que no lo deseaba. El mismo día otro niño inglés le nació a una familia rica, de apellido Tudor, que sí lo deseaba. Toda Inglaterra también lo deseaba. Inglaterra lo había deseado tanto tiempo, y lo había esperado, y había rogado tanto a Dios para que lo enviara, que, ahora que había llegado, el pueblo se volvió casi loco de alegría. Meros conocidos se abrazaban y besaban y lloraban. Todo el mundo se tomó un día de fiesta; encumbrados y humildes, ricos y pobres, festejaron, bailaron, cantaron y se hicieron más cordiales durante días y noches.


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