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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.10

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- Y ¿quién dispara? - pregunté.
- ¡Cállate! - exclamó mi hermana, mirándome con el ceño fruncido -. ¡Qué preguntón eres! No preguntes nada, y así no te dirán mentiras.
No se hacía mucho favor a sí misma, según me dije, al indicar que ella podría contestarme con alguna mentira en caso de que le hiciera una pregunta. Pero ella, a no ser que hubiese alguna visita, jamás se mostraba cortés.
En aquel momento, Joe aumentó en gran manera mi curiosidad, esforzándose en abrir mucho la boca para ponerla en la forma debida a fin de pronunciar una palabra que a mí me pareció que debía ser «malhumor». Por consiguiente, señalé a la señora Joe y dispuse los labios de manera como si quisiera preguntar: «¿Ella?» Pero Joe no quiso oírlo, y de nuevo volvió a abrir mucho la boca para emitir silenciosamente una palabra que, pese a mis esfuerzos, no pude comprender.
- Señora Joe - dije yo, como último recurso -. Si no tienes inconveniente, me gustaría saber de dónde proceden esos disparos.
- ¡Dios te bendiga! - exclamó mi hermana como si no quisiera significar eso, sino, precisamente, todo lo contrario -. De los Pontones.
- ¡Oh! - exclamé mirando a Joe -. ¿De los Pontones?
Joe tosió en tono de reproche, como si quisiera decir: «Ya te lo había explicado.»
- ¿Y qué son los Pontones? - pregunté.
- Este muchacho es así - exclamó mi hermana, apuntándome con la aguja y el hilo y meneando la cabeza hacia mí-. Contéstale a una pregunta, y él te hará doce más.
Los Pontones son los barcos que sirven de prisión y que se hallan al otro lado de los marjales.
- ¿Y por qué encierran a la gente en esos barcos? - pregunté sin dar mayor importancia a mis palabras, aunque desesperado en elfondo.
Eso era ya demasiado para la señora Joe, que se levantó inmediatamente.
- Mira, muchacho - dijo -. No te he subido a mano para que molestes de esta manera a la gente. Si así fuese, merecería que me criticasen y no que me alabaran. Se encierra a la gente en los Pontones porque asesinan, porque roban, porque falsifican o porque cometen alguna mala acción. Y todos ellos empezaron haciendo preguntas. Ahora vete a la cama.
Nunca me dejaban llevar una vela para acostarme, y cuando subía las escaleras a oscuras, con la cabeza vacilante porque el dedal de la señora Joe repiqueteó en ella para acompañar sus últimas palabras, estaba convencido de que acabaría en los Pontones. Con seguridad seguía el camino apropiado para terminar en ellos. Empecé haciendo preguntas y ya me disponía a robar a la señora Joe.
Desde aquel tiempo, que ya ahora es muy lejano, he pensado muchas veces que pocas personas se han dado cuenta de la reserva de los muchachos que viven atemorizados. Poco importa que el terror no esté justificado, porque, a pesar de todo, es terror. Yo estaba lleno del miedo hacia aqueljoven desconocido que deseaba devorar mi corazón y mi hígado.


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