El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.15
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Supongamos que
Schwartz pretendía dañar al robot, quizá incluso destruirlo; éste, al sentirse
en peligro, experimentó un gran incremento en el potencial de la Tercera Ley,
tanto que por unos instantes éste rebasó a los de la Segunda y la Primera...
Apenas unas décimas de segundo, pero lo suficiente no obstante para que el
robot, enajenado mentalmente, reaccionara golpeando a su agresor. Inmediatamente
después descubriría con horror que había violado la Primera Ley en su grado
máximo, por lo que su cerebro positrónico no pudo soportar la tensión y quedó
destruido.
- Imposible. - la voz de la robopsicólogo jefe de U.S. Robots era fría y
cortante como un cuchillo - Por mucho que se reforzara el potencial de la
Tercera Ley al sentirse Hamlet en peligro, jamás habría alcanzado un nivel
superior al de la Segunda y, mucho menos, al de la Primera. Su argumento no
tiene ni pies ni cabeza.
- Está bien. - gruñó Lanning, molesto por la falta de tacto de su interlocutora
- No es a mí a quien tiene que convencer, sino a los leguleyos del gobierno. Así
pues, más vale que vaya pensando en una buena excusa.
- ¿Qué quiere que haga? - respondió ésta todavía más irritada - Yo soy
robopsicólogo, y no tengo robot alguno que poder estudiar. Ni tan siquiera
cuento con el segundo cerebro positrónico, ya que éste ha sido incautado por el
gobierno.
- Apáñeselas como pueda, pero haga algo por evitar que este maldito asunto nos
hunda a todos nosotros. Tengo a todos los ingenieros del proyecto revisando las
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