David Copperfield (Charles Dickens) - pág.5
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Por fin encontró a mi madre y entonces, frunciendo las cejas como quien está acostumbrada a ser obedecida, le hizo señas para que saliera a abrir la puerta. Mi madre obedeció.
-¿La viuda de David Copperfield, supongo? -dijo miss Betsey con énfasis, apoyándose en la última palabra, sin duda para hacer comprender que lo suponía al ver a mi madre de luto riguroso y en aquel estado.
-Sí, señora -respondió débilmente mi madre.
-Miss Trotwood -dijo la visitante-. ¿Supongo que habrá oído usted hablar de ella?
Mi madre contestó que había tenido ese gusto, pero tuvo consciencia de que, a pesar suyo, demostraba que el gusto no había sido muy grande.
-Pues aquí la tiene usted -dijo miss Betsey.
Mi madre, con una inclinación de cabeza, le rogó que pasara, y se dirigieron a la habitación que acababa de dejar. Desde la muerte de mi padre no habían vuelto a encender fuego en la sala.
Se sentaron. Miss Betsey guardaba silencio, y mi madre, después de vanos esfuerzos para contenerse, prorrumpió en llanto.
-¡Vamos, vamos! -dijo mi tía precipitadamente, Nada de llorar; ¡venga!, ¡venga!
Mi madre siguió sollozando hasta quedarse sin lágrimas.
-Vamos, niña, quítese usted la cofia -dijo miss Betsey-, que quiero verla bien.
Mi madre estaba demasiado asustada para negarse a la extravagante petición aunque no tenía ninguna gana. Con todo, hizo lo que le decían; pero sus manos temblaban de tal modo que se enredaron en sus cabellos (abundantes y magníficos), esparciéndose alrededor de su rostro.
-Pero ¡Dios mío! -exclamó miss Betsey-. ¡Si es usted una niña!
Indudablemente, mi madre parecía todavía más joven de lo que era, y la pobre bajó la cabeza como si fuera culpa suya y murmuró entre sus lágrimas que lo que de verdad temía era ser demasiado niña para verse ya viuda y madre, si es que vivía.
Hubo una corta pausa, durante la cual a mi madre le pareció sentir que miss Betsey acariciaba sus cabellos con dulzura; pero, al levantar la cabeza y mirarla con aquella tímida esperanza, vio que continuaba sentada y rígida ante la estufa, con la falda un poco remangada, los pies en el guardafuegos y las manos cruzadas sobre las rodillas.
-En nombre de Dios -dijo de pronto mi tía-, ¿por qué llamarla Rookery[L3]?
-¿Se refiere usted a la casa? -preguntó mi madre.
-¿Por qué Rookery? -insistió miss Betsey-. Si cualquiera de los dos hubierais tenido un poco de sentido práctico la habríais llamado Cookery[L4].
-Es el nombre que eligió míster Copperfield -respondió mi madre-. Cuando compró la casa le gustaba pensar que habría cuervos en sus alrededores.
En ese momento, el viento del atardecer empezó a silbar entre los olmos viejos y altos del jardín con tal ruido que tanto mi madre como miss Betsey no pudieron por menos que mirar con inquietud hacia la ventana. Los olmos se inclinaban unos en otros corno gigantes que quisieran confiarse algún terrible secreto, y después de permanecer inclinados unos segundos se erguían violentamente, sacudiendo sus enormes brazos, como si aquellas confidencias, intranquilizando a su conciencia, les hubieran arrebatado para siempre el reposo.
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