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Cuentos de Navidad (Charles Dickens) - pág.46

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Página 46 de 57


«¡Así se acaba, ya ven! El espantaba a todos cuando estaba vivo para que nos aprovechásemos nosotros cuando estuviera muerto. ¡Ja, ja, ja!»
«¡Espíritu!», dijo Scrooge temblando de pies a cabeza. «Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgraciado podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin cortinas, y en ella, bajo una sábana andrajosa yacía algo tapado que, aunque mudo, se anunciaba con espantoso lenguaje.
La habitación estaba muy oscura, demasiado oscura para ver con detalle aunque Scrooge, obediciendo a un impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de habitación era. Del exterior venía una pálida luz que caía directamente sobre el lecho, y en éste yacía el cadaver de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le velaran, sin que le lloraran, sin que le atendieran.
Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano invariable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba colocada con tal descuido que la más ligera elevación, el movimiento de un dedo de Scrooge, habría bastado para dejar el rostro al descubierto. El lo pensó, sabía cuán fácil sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo no tenía más capacidad que para alejar al espectro de su lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cálido y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea, sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida inmortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en verdad!
Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hombre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra amable sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escuchaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes.
«¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de salir de aquí no olvidaré la lección, creéme. ¡Vámonos!»
Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.


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