A buen fin no hay mal principio (William Shakespeare) - pág.4
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acogida favorable, mientras la virtud de acerados huesos tirita bajo la
aspereza del huracán. Por esto vemos frecuentemente la sabiduría pobre
puesta al servicio de la opulenta ignorancia.
PAROLLES.- ¡Dios os guarde, hermosa reina!
ELENA.- ¡Y a vos también, monarca!
PAROLLES.- No soy ningún monarca.
ELENA.- Ni yo reina.
PAROLLES.- ¿Estáis meditando en la castidad?
ELENA.- Sí. Hay en vos algo castrense. Permitidme proponeros una
cuestión. El hombre es contrario a la castidad; ¿cómo nos atrincheraríamos
contra él?
PAROLLES.- Teniéndole a cierta distancia.
ELENA.- Pero él aventura nuevos asaltos, y nuestra castidad, aunque
valiente en la defensa, es débil. Indicadme el medio de alguna resistencia
bélica.
PAROLLES.- No la hay. El hombre, una vez en posición delante de vos,
minará vuestras defensas y las hará saltar.
ELENA.- ¡Dios preserve nuestra castidad contra los minadores y
asaltantes! ¿No conocéis estrategia alguna militar mediante la cual puedan
las vírgenes hacer saltar a los hombres?
PAROLLES.- Una vez perdida la virginidad, el hombre danzará más
presto por los aires; y aunque consigáis rechazarlo, perderéis la ciudad
por la brecha que vos misma habréis abierto. En la república de la
naturaleza es impolítico conservar la virginidad. La pérdida de una
virginidad implica provecho para la nación. Toda virginidad que nace
procede de una virginidad perdida. La tela de que habéis sido
confeccionada es para concebir nuevas vírgenes. De una virginidad perdida
nacen otras diez. Guardarla siempre, es anularla perpetuamente. Creedme,
es una compañera glacial de la que conviene separarse.
ELENA.- Quiero defenderla todavía, aunque haya de morir virgen.
PAROLLES.- Eso es asunto vuestro, pero resulta contrario a las leyes
de la Naturaleza. Al hacer el elogio de la virginidad, acusáis a vuestra
madre, lo que envuelve una evidentísima falta de respeto. Lo mismo es
ahorcarse que morir virgen. La virginidad es una suicida, que debiera
enterrarse en el camino real, lejos de toda tierra sagrada, como culpable
del delito de lesa Naturaleza. La virginidad engendra más gusanos que el
queso. Se consume hasta la última recortadura, y muere devorando su propia
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