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Una ciudad flotante (Julio Verne) - pág.12

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-El Dodavery me dejó anteayer en Liverpool.
-¿Y viajáis, Fabián ... ? -le pregunté observando su rostro pálido y triste.
-Para distraerme, si puedo -respondió, estrechando mi mano con emoción, el capitán
Fabián Macelwin.

CAPÍTULO IV

Fabián se separó de mí, para ir a reconocer su alojamiento, en el camarote 73 de la serie
del gran salón, cuyo número estaba marcado en su billete. En aquel momento, gruesos
borbotones de humo revoloteaban en torno de las anchas bocas de las chimeneas del
buque. Oíase estremecer el casco de las calderas hasta en las profundidades de la nave.
Huía el estridente vapor por los tubos de escape, volviendo a caer sobre cubierta, en
forma de menuda lluvia. Estrepitosos remolinos revelaban que se estaban ensayando las
máquinas. La presión decía al ingeniero que podíamos partir.
Fue preciso ante todo levar el ancla. La marea subía aún y el Great-Eastern, movido
por su empuje, le presentaba la proa. Todo estaba dispuesto para bajar el río. El capitán
Anderson había tenido que aprovechar aquel momento para aparejar, pues la eslora del
Great-Eastern no le permitía evolucionar en el Mersey. No arrastrado por la bajamar,
sino al contrario, resistiendo la rápida marea, era más dueño de su barco y estaba más
seguro de poder maniobrar hábilmente por entre las numerosas embarcaciones que
surcaban el río. El más leve contacto con aquel gigante hubiera sido desastroso.
Levar el ancla en tales condiciones exigía esfuerzos considerables. En efecto, el buque,
a impulso de la corriente, estiraba las cadenas que lo amarraban. Además, un fuerte vien-
to del Sudoeste, hallando en su masa un obstáculo, unía su acción a la del flujo. Para
arrancar las pesadas anclas del fondo de cieno se necesitaban poderosos aparatos. Un an-
chor-boat, buque especial, destinado a esta operación, se enganchó a sus cadenas; pero no
bastando sus cabrestantes, hubo que recurrir a los aparatos mecánicos que tenía a su
disposición el Great-Eastern.
En la proa, para izar las anclas, estaba dispuesta una máquina de la fuerza de setenta
caballos. Se obtenía una fuerza considerable, que podía actuar inmediatamente sobre el
cabrestante a que se enganchaban las cadenas, sin más que hacer pasar a los cilindros el
vapor de las calderas. Pero la inmensa fuerza de la máquina fue insuficiente y hubo que


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