El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.33
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A menos que se operase un milagro, ¿cómo iban a escapar
Vázquez, Moriz y Felipe a la suerte que les esperaba?
La tarde fue consagrada a los preparativos de marcha. Kongre hizo que fuera colocado convenientemente el lastre y se ocupó del embarque de las provisiones, de las armas y de otros objetos llevados a la caverna del cabo San Bartolomé.
El cargamento se efectuó con rapidez. Desde su salida de la bahía de Elgor -y esto databa de más de un año-, Kongre y sus compañeros se habían alimentado principalmente con las provisiones de reserva, y quedaba ya muy exigua cantidad.
Púsose tal diligencia en la faena, que a las cuatro de la tarde estaba a bordo toda la carga. La goleta hubiera podido zarpar inmediatamente; pero Kongre no se aventuraba a navegar de noche, a lo largo de un litoral erizado de arrecifes. Aún no había decidido si tomaría o no el estrecho de Lemaire para remontarse a la altura del cabo San Juan. Esto dependería de la dirección del viento.
Cualquiera que fuese la ruta escogida, la travesía no debía durar más de treinta horas, comprendida la escala durante la noche.
Cuando se puso el sol ninguna modificación se había producido en el estado atmosférico. Ni la más ligera bruma emanaba la limpidez del cielo, y la línea del horizonte era de una pureza tal, que un rayo verde atravesó el espacio en el momento que el disco solar desaparecía detrás del horizonte.
Todo hacia esperar que la noche seria tranquila, y lo fue efectivamente. La mayor parte de los hombres la pasaron a bordo, los unos sobre cubierta, los otros en la cala. Kongre ocupaba el camarote del capitán Pailha, y Garante, el del segundo.
Varias veces subieron al puente para observar el mar y el cielo, para convencerse que la Maule no corría ningún riesgo y que nada retardaría su partida.
El amanecer fue verdaderamente soberbio. En aquella latitud se ve muy raramente salir el sol por encima de un horizonte tan limpio.
Kongre se embarcó en el bote hasta la extremidad del cabo. Allí, desde lo alto de una roca, observa un vastísimo espacio del mar. Únicamente al este su mirada se encontró con las masas montañosas que se elevan entre el cabo San Antonio y el cabo Kempe.
El mar, tranquilo por la parte sur, estaba bastante movido en la abertura del estrecho, porque el viento iba tomando fuerza y tendía a refrescar.
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