El Faro del Fin del Mundo (Julio Verne) - pág.17
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El steamer, dejando el faro por babor, dirigíase resueltamente hacia el estrecho. Pudo verse una luz roja en el momento de pasar frente a la boca del abra San Juan; luego tardó muy poco en desaparecer en medio de la oscuridad.
-¡He aquí el primer barco divisado desde el faro del Fin del Mundo! -exclamó Felipe.
-Y no será el último -aseguró Vázquez.
En la madrugada siguiente, Felipe señaló un gran velero que apareció en el horizonte. El tiempo era bueno; la atmósfera limpia de brumas, bajo la acción de una brisilla del sudeste, permitía divisar el barco a una distancia de 10 millas, lo menos.
Vázquez y Moriz subieron a la galería del faro. Distinguíase el velero un poco a la derecha de la bahía de Elgor, entre la punta Diegos y la Several.
El barco navegaba rápidamente a una velocidad de 12 o 13 nudos. Como tenía su proa hacia la Isla de los Estados, no podía aún asegurarse si pasaría al norte o al sur.
Como a la gente de mar le interesan siempre estas cosas, Vázquez, Felipe y Moriz discutían acerca del caso. Finalmente fue Moriz quien tuvo razón, sosteniendo que el velero no buscaba la entrada del estrecho. En efecto, cuando estuvo no más que a milla y medía de la costa, maniobró a fin de doblar la punta Several.
Era un gran navío, de lo menos 1.800 toneladas, provisto de tres palos, y del tipo de los por entonces modernos barcos construidos en América, con una velocidad de marcha verdaderamente maravillosa.
-Que mi anteojo se convierta en un paraguas, si este barco no ha salido de los arsenales de Nueva Inglaterra -elijo Vázquez.
-Tal vez nos envíe su número -dijo Moriz.
-No haría más que cumplir con su deber -contestó el torrero-Jefe. En el momento de disponerse a doblar la punta Several, el barco izó una serie de banderas al extremo de mesana, señales que Vázquez tradujo consultando el libro depositado en la cámara de cuarto. Era el Montank, del puerto de Boston, Nueva Inglaterra, Estados Unidos de América.
Los torreros le contestaron izando la bandera argentina hasta el extremo del pararrayos, y no cesaron de observarle hasta que desapareció detrás de las alturas del cabo Webster, sobre la costa sur de la isla.
-Y ahora -dijo Vázquez-, que lleve buen viaje el Montank, y quiera el cielo que no atrape ningún golpe de mar a la altura del cabo de Hornos.
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