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La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.36

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Para llevar
adelante sus ocultos proyectos, en aquella misma mañana despachó a
Almagro, con una lucida comitiva, a que fuesen a felicitar al Inca,
asegurarle de nuevo sus disposiciones pacíficas, y a suplicarle una
entrevista a fin de explicarle con más extensión el objeto que traía a los
hijos del Sol a su país. Su comisión fue recibida con todas las atenciones
de la hospitalidad que los peruanos pudiesen emplear con mejores amigos.
Atahulpa abrazó a Almagro, lo recibió con las más tiernas expresiones, y
le hizo servir la mesa por príncipes de su sangre; pero no disimuló el
deseo que tenía de que los españoles saliesen de su país; y para
arreglarlo todo le prometió que visitaría a Pizarro en la mañana
siguiente.
La decente mesa del monarca, el orden que reinaba en toda su corte,
el respeto con que le hablaban y oían sus ordeñes, admiró a los españoles,
que aun no habían visto en América mas que débiles caciques de errantes
tribus. Pero fijaron mucho más su atención en las inmensas riquezas que
con tanta profusión adornaban el palacio; los riquísimos ornamentos del
Inca y de toda su corte, los vasos y vajillas de oro y plata, la multitud
de utensilios de toda especie de preciosos metales, todo fue para los
mensajeros un espectáculo que superaba con mucho cuantas ideas de
opulencia pudiera formarse un europeo del siglo XVI. [25]
En tanto Almagro, aunque criado en los campos de las lides, educado
entre la sangre y el destrozo, no pudo ver insensible a los penetrantes
encantos de la hermosa Coya, princesa de la sangre de los Incas, y tan
seductora como guerrera. Vestida con una corta y airosa túnica de cándido
lino, con la ajaba terciada, y en la siniestra el arco, estaba a la cabeza
de los guerreros peruanos que habían salido a recibir a los enviados del
campo español. Blanca como la cima de los nevados Andes, fresca como el
clavel em las mañanas de mayo, esbelta y gentil como la fugitiva corza, en
los 18 abriles de su edad, ondulaba su rubia cabellera a merced de los
céfiros ligeros, penetraban sus miradas las férreas armaduras, y nadie se
resistía a sus encantos, y todos se postraban siervos de su amor.


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