La conquista del Perú (Pablo Alonso de Avecilla) - pág.28
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que ellos adoraban, llevaban tras sí el genio del proselitismo, pero
conducían en triunfo al grande templo de Cuzco con los ídolos de los
pueblos conquistados, y se colocaban como trofeos que mostraban el poder
de la deidad protectora del imperio, y al pueblo se le trataba con dulzura
y se le instruía en la religión de los conquistadores para tener la gloria
de aumentar el número de los adoradores del Sol. Pero si estas costumbres
puras y patriarcales de los peruanos en el siglo XVI los constituían un
pueblo feliz interiormente, su poder material era bien limitado. Cubiertas
sus necesidades con las producciones de su suelo, desconocían
absolutamente el comercio, e ignoradas sus playas de todos los demás
pueblos de la tierra, ni conocían la navegación, ni otros países, ni otros
hombres, ni otras costumbres, ni otros Dioses, ni otras alteraciones del
espíritu humano. Si habían sostenido guerras con las tribus de sus
comarcas, desconocían absolutamente la fabricación y uso de armas
cortantes y matadoras; sus numerosos ejércitos ignoraban la táctica y [21]
estrategia de los movimientos, sus victorias se las daba el número y el
valor, no los recursos artificiales de los ejércitos europeos; y el uso de
la mosquetería y artillería, el de la caballería, y los recursos de los
movimientos militares, eran para los peruanos cosas muy superiores en
aquel siglo a lo que hubiesen ellos ni siquiera podido concebir en el arte
de la guerra.
Los españoles al contrario, avezados a la, guerra en ochocientos años
de combates con los sarracenos; de musculatura endurecida en los campos de
batalla y en los naufragios, eran en aquel siglo el terror de toda Europa.
Revestidos de cotas y mallas que los hacían invulnerables a las débiles
flechas y lanzas de los peruanos, poseedores exclusivamente en aquellas
comarcas de los espantosos efectos de la inflamación de la pólvora,
pertrechados de alguna artillería, maniobreros y tácticos en los
movimientos militares, mandando la muerte a doscientos pasos de sus armas,
asemejando el estampido del cañón al trueno que anunciaba a sus enemigos
las iras de su Dios irritado, todo al fin les daba tal superioridad en
aquellas comarcas, que cada aventurero sería un Dios, que amenazara
terrible con su cólera a todo el imperio de los Incas.
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