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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.51

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-Mas es confortante y maravilloso, saber siempre de nuevo, que para Dios no hay ningún imposible. Cuando entré con el corazón oprimido a esta casa. vino a mi encuentro uno de nuestra comunidad. Zacarías el platero, un hombre piadoso y justo, y me trajo la nueva de que se había cumplido el deseo de nuestros hermanos en Roma. Mientras hablamos, hablábamos y nos esforzamos desorientados, él obró en silencio y realizó lo que los sabios y los más sabios creían imposible. ¡Habla Zacarías e informa!
En una fila trasera levantóse indeciso un delicado hombre giboso de baja estatura, tímido y avergonzado porque todos lo miraban curiosos. Inclinó la frente para disimular su rubor, pues, simple trabajador y siempre ocupado en silencio, temía la oratoria y el ser escuchado. Tosió repetidas veces y se mantuvo su voz débil como la de un niño:
-No me alabéis, Rabbi -cuchicheó-, no es mío el mérito. Dios me alivió la tarea. Desde hace treinta años me estima el tesorero; desde hace treinta años de trabajo día a día, y cuando hace pocos años, el pueblo se alzó contra el emperador y saqueó e incendió las casas de los cortesanos, lo oculté por tres días, juntamente con su mujer e hijos, en mi casa hasta que había pasado el peligro. Sabía yo, pues, que me concedería cualquier pedido, pero nunca le había hecho ninguno. Mas, al saber ahora que Benjamín estaba en camino, le rogué por primera vez, y fue al emperador para anunciarle que venía un grande y secreto mensaje para él de allende el mar. Y Dios quiso que sus palabras tuviesen fuerza y que el emperador le complaciera. Mañana se permitirá a Benjamín y al Rabbi la entrada al Chalké, la sala de audiencia del emperador,
Zacarías volvió a sentarse tranquilo y huraño. Todos callaron y se estremecieron. Pues ya era un milagro inaudito el que se permitiese a un judío colocarse frente al inaccesible. Sus almas temblaron, sus ojos se agrandaron y el mensaje de la gracia aleteaba sobre su silencio respetuoso. Pero como un herido gimió Benjamín:
-¡Oh, Dios! ¡Oh, Dios! ¡Qué carga me imponéis! Mi corazón está extenuado y no hablo. el lenguaje extraño. ¿Cómo he de presentarme, precisamente yo, ante el emperador? Sólo he sido llamado para testigo, para contemplar el candelabro, no para to-carlo y conquistarlo. ¡No me elijáis a mi! Que hable otro; yo soy demasiado viejo, demasiado débil.


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