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El candelabro enterrado (Stefan Zweig) - pág.13

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Y tres veces repitieron los viejos con sus delgadas voces decrépitas la anhelante sentencia: "Misericordioso, quiera tu misericordia reconducir a Jerusalén tu magnificencia y la atención del sacrificio".
Luego de haber pronunciado por tres veces la oración, los ancianos prepararon su marcha. Con calma y circunspección, como si cumplieran un acto piadoso, quitáronse las chamarretas mortuorias, las guardaron en un hatillo junto con el manto para la plegaria y las correas. Los más jóvenes fueron, entretanto, en busca de pan y de frutas para el viaje, y de fuertes bastones para su apoyo. Después, cada uno de los ancianos escribió todavía en un pergamino lo que debía hacerse con sus bienes en el caso de que no volviese, y los demás fueron testigos.
Ínterin Abthalion, el tintorero, había subido por la escalera de madera. Antes se había quitado las botas, pero como era un hombre obeso y pesado, gimió la madera putrefacta bajo sus pasos. Abrió con cautela la puerta de la habitación en la que dormían amontonados (pues eran pobres) su esposa y la esposa de su hijo y los hijos y los nietos. A través de la hendidura de los postigos cerrados penetraba un incierto resplandor de la luna, húmedo y azulado como la neblina, y a pesar de que Abthalion caminaba todo lo cuidadosamente posible sobre la punta de los pies, sintió que desde sus lechos le miraban aterrados ojos fijos y que lo observaron su esposa y la mujer de su hijo.
-¿Qué pasa? -murmuró espantada una voz.
Abthalion no contestó, sino que siguió palpando el camino hacia el rincón izquierdo donde sabía estaba el lecho de Benjamín, el nieto. Afectuoso inclinóse sobre la baja cama de paja. El niño dormía profundamente, los puños como cerrados con cólera sobre el pecho: bravío y apasionado debía ser su sueño. Abthalion le pasó la mano suavemente sobre el cuello revuelto para despertarlo. El niño no despertó en el acto, más sus sentidos debían haber percibido la caricia a través de la manta negra del sueño, pues los puños se aflojaron, abriéronse sus la-bios tensos, inconsciente sonrió el niño y extendió satisfecho y suave sus brazos.
Abthalion sintió un sincero dolor por tener que sacar a la inocente criatura de tan dulce reposo. No obstante, tomó al dormido y lo zarandeó más fuerte. De inmediato se enderezó el niño y miró con ojos azorados en derredor suyo: era un niño de sólo siete años, pero un niño judío en tierra extraña y acostumbrado, por lo mismo, a asustarse cuando sucedía algo inesperado.


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