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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.21

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-Yo también lo conozco - observó - pero eso le demostrará a usted lo inútil que es el conocimiento mientras no se le aplica. Como decía, el caso de ce­sación se ha presentado en nuestra Cavorita: el aire cesó de ejercer allí la menor presión, y el aire que estaba en derredor pero no encima de la Cavorita ejercía una presión de 14 ½ libras por pulgada cua­drada sobre ese aire repentinamente desprovisto de peso. ¡Ah! ¡ya empieza usted a ver! El aire que ro­deaba a la Cavorita empujó al que estaba encima de ella con irresistible fuerza, lo expelió hacia arriba violentamente; el aire que se precipitó a ocupar el lugar del que así había sido expulsado, perdió inme­diatamente su peso, cesó de ejercer toda presión, si­guió el mismo camino, todo ese airé se abrió paso rompiendo el cielo raso y el techo... Ya se forma us-ted una idea prosiguió: - el aire sin peso formó una especie de surtidor atmosférico, algo como una chi­menea en la atmósfera; y si la Cavorita misma no hubiera sido puesta así en libertad y chupada por esa chimenea ¿se le ocurre a usted lo que habría su­cedido?
Yo reflexioné.
-
Supongo - dije - que el aire estaría ahora mismo precipitándose y precipitándose hacia arriba por so­bre esa infernal materia.

-
Precisamente – contestó. - ¡Un enorme sur­tidor!


-¡Qué formaría un colosal tifón! ¡Santo Cielo!¡Qué! ¡Habría usted expulsado toda la atmósfera de la tierra! ¡Habría usted dejado el mundo sin aire! ¡Y eso habría sido la muerte de todo el género humano! ¡Ese pequeño trozo de la mezcla!
- No habríamos desprovisto, exactamente, de ai­re respirable al espacio - dijo Cavor; - pero, en el he-cho, la cosa habría sido... igualmente mala. Habríamos desnudado de aire al mundo, como uno pela una banana, y habríamos lanzado el aire a miles de millas. Después el aire habría vuelto a caer, por supuesto, ¡pero a un mundo asfixiado! Desde nues­tro punto de vista esto es, apenas, un poco mejor que si no hubiera vuelto nunca!
Yo lo miré, sorprendido; pero mi asombro era demasiado grande para darme cuenta de cómo ha­
bían quedado reducidas a la nada todas mis esperan­zas.
- ¿Qué piensa usted hacer ahora? - le pregunté.
-En primer lugar, si puedo conseguir que mepresten una trulla de jardinero, voy a quitarme algo de este barro en que estoy empaquetado; y después, si puedo servirme de las comodidades domésticas de usted, tomaré un baño.


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