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Los primeros hombres en la luna (Herbert George Wells) - pág.15

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-Tenemos en nuestras manos la cosa decidi-damente más grande que haya sido inventada - dije y subrayé el tenemos – Si usted no quiere admitirme en el negocio, tendrá que rechazarme a tiros. Desde mañana vendré para servirle de cuarto peón.
Cavor pareció sorprendido de mi entusiasmo, pero sin muestras de sospechas ni hostilidad. Más bien manifestó que se consideraba demasiado fa­vorecido.
Me miró con expresión de duda.
- ¿Entonces usted piensa realmente?... - dijo. - ¡Y su drama! ¿En qué queda su drama?
-¡Se ha desvanecido! - exclamé.- ¿No ve usted, mi señor y amigo, lo que me ha caído en las manos? ¿No ve usted lo que va usted a hacer?
Aquella era una nueva escaramuza retórica, pero, positivamente, ¡el hombre no había pensado en eso! Al principio no pude creerlo. ¡No había tenido ni el más remoto germen de tal idea! El asombroso hom­brecito había trabajado constantemente con fines puramente teóricos! Cuando decía que su investiga­ción era «la más importante» que el mundo había visto, quería decir sencillamente que ponía en claro tales, y cuales teorías, que resolvía este o el otro punto hasta entonces dudoso: no se había preocu­pado más de las aplicaciones de la materia que iba a hacer, que si se hubiera tratado de una máquina para hacer cañones. ¡Era una substancia de existencia po­sible, y él iba a hacerla! Voilá tout, como dicen los franceses.
¡Lo que decía después... era infantil! Si hacía la substancia, ésta pasaría a la posteridad con el nom­bre de Cavorina o Cavorita, y a él se le discerniría un título, y su retrato aparecería en La Nature, como el de un hombre de ciencia, y todo por ese estilo. ¡Y su vista no iba más allá! Si la casualidad no me hubiera llevado allí, el hombre habría dejado caer esa bomba en el mundo con la misma sencillez que si hubiera descubierto una nueva especie de mosquitos. Y la cosa habría quedado allí, desdeñada o solo apreciada a medias, como otros descubrimientos de no peque­ña importancia, que hombres de ciencia distraídos han regalado al universo. Cuando me di cuenta de esto, yo fui quien hizo el gasto de palabras y Cavor el que decía: «Continúe usted.» Me paré de un salto, me puse a pasear por la habitación, gesticulando como un mozo de veinte años. Traté de hacerle compren­der sus deberes y responsabilidades en el asunto, nuestros deberes y responsabilidades.


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