Drácula (Abraham Stroker) - pág.222
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Me sentí un tanto confuso y, puesto que me encontraba cerca de él, le pregunté qué estaba haciendo. Arthur y Quincey se acercaron también, movidos por la curiosidad. El profesor respondió:
-Estoy cerrando la tumba, para que la "muerta viva" no pueda entrar.
-¿Va a impedirlo esa sustancia que ha puesto usted ahí?
-Así es.
-¿Qué está usted utilizando?
Esa vez, fue Arthur quien hizo la pregunta.
Con cierta reverencia, van Helsing levantó el ala de su sombrero y respondió:
-La Hostia. La traje de Ámsterdam. Tengo autorización para emplearla aquí .
Era una respuesta que impresionó a todos nosotros, hasta a los más escépticos, y sentimos individualmente que en presencia de un fin tan honrado como el del profesor, que utilizaba en esa labor lo que para él era más sagrado, era imposible desconfiar. En medio de un respetuoso silencio, cada uno de nosotros ocupó el lugar que le había sido asignado, en torno a la tumba; pero ocultos, para que no pudiera vernos ninguna persona que se aproximase. Sentí lástima por los demás, principalmente por Arthur. Yo mismo me había acostumbrado un poco, debido a que ya había hecho otras visitas y había estado en contacto con aquel horror; y aun así, yo, que había rechazado las pruebas hacía aproximadamente una hora, sentía que el corazón me latía con fuerza. Nunca me habían parecido las tumbas tan fantasmagóricamente blancas; nunca los cipreses, los tejos ni los enebros me habían
parecido ser, como en aquella ocasión, la encarnación del espíritu de los funerales. Nunca antes los árboles y el césped me habían parecido tan amenazadores. Nunca antes crujían las ramas de manera tan misteriosa, ni el lejano ladrar de los perros envió nunca un presagio tan horrendo en medio de la oscuridad de la noche.
Se produjo un instante de profundo silencio: un vacío casi doloroso. Luego, el profesor ordenó que guardáramos silencio con un siseo. Señaló con la mano y, a lo lejos, entre los tejos, vimos una figura blanca que se acercaba... Una figura blanca y diminuta, que sostenía algo oscuro apretado contra su pecho. La figura se detuvo y, en ese momento, un rayo de la luna se filtró entre las nubes, mostrando claramente a una mujer de cabello oscuro, vestida con la mortaja encerada de la tumba. No alcanzamos a verle el rostro, puesto que lo tenía inclinado sobre lo que después identificamos como un niño de pelo rubio.
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