Drácula (Abraham Stroker) - pág.171
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Incluso le había cepillado el pelo a Lucy, de manera que éste se desparramaba por la almohada en sus habituales rizos de oro. Cuando entramos en el cuarto, ella abrió los ojos, y al verlo a él susurró débilmente:
-¡Arthur! ¡Oh, mi amor, estoy tan contenta de que hayas venido!
Él se detuvo para besarla, pero van Helsing le ordenó que se retirara.
-No -le susurró-, ¡todavía no! Sostenga su mano; le dará más consuelo.
Así es que Arthur le tomó la mano y se arrodilló al lado de ella, y ella resplandeció, con todas las suaves líneas haciendo juego con la angelical belleza de sus ojos. Entonces, gradualmente, sus ojos se cerraron y se hundió en el sueño. Por un corto tiempo su pecho se elevó suavemente; y subió y bajó como el de un niño cansado.
Luego, insensiblemente, llegó el extraño cambio que yo había notado durante la noche.
Su respiración se volvió estertórea, abrió la boca, y las pálidas encías estiradas hacia atrás hicieron que los dientes parecieran más largos y agudos que nunca. Abrió los ojos de una manera vaga, sonámbula, como inconsciente, reflejando ahora al mismo tiempo vaguedad y dureza, y dijo en una voz suave y volupt uosa, tal como yo nunca la había escuchado en sus labios:
-¡Arthur! ¡Oh, mi amor, estoy tan feliz de que hayas venido! ¡Bésame!
Arthur se inclinó ansiosamente para besarla, pero en ese mismo instante van Helsing, quien, como yo, había estado asombrado por la voz de la joven, se precipitó sobre el novio y, sujetándolo por el cuello con ambas manos, lo arrastró hacia atrás con una fuerza que yo nunca creí pudiera poseer, y de
hecho lo lanzó casi al otro lado del cuarto.
-¡Nunca en su vida! -le dijo-; ¡no lo haga, por amor a su alma y a la de ella!
Y luego, se situó entre los dos como un león acorralado. Arthur estaba tan sorprendido que por un momento no encontró qué hacer ni qué decir; y antes de que ningún impulso de violencia pudiera apoderarse de él, se dio cuenta del lugar y de las circunstancias y se quedó en silencio, esperando.
Yo mantuve los ojos fijos en Lucy, lo mismo que van Helsing, y vimos un espasmo de ira pasar rápidamente como una sombra por su rostro; los agudos dientes se cerraron de golpe.
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