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El hombre de la máscara de hierro (Alejandro Dumas) - pág.29

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-Mi ayo, al ver a mi nodriza; que acudió a sus voces, salió a su encuentro, la asió del brazo, tiró vivamente de ella hacia el brocal, y en cuanto los dos estuvieron asomados al pozo, dijo mi ayo:
«-Mirad, mirad, ¡qué desventura!
«-Sosegaos, por dios, -repuso mi nodriza. -¿qué pasa?
«-Aquella carta. -exclamó mi ayo tendiendo la mano hacia el fondo del pozo, -¿veis aquella carta?
«-Qué carta? -preguntó mi nodriza.
«-La carta que veis nadando en el agua es la última que me ha escrito la reina.
«Al oír yo la palabra «reina», me estremecí de los pies a la cabeza. ¡Conque, dije entre mí, el que pasa por mi padre, el que incesantemente me recomienda la modestia y la humildad, está en correspondencia con la reina!
«-¿La última carta de Su Majestad? -dijo mi nodriza, como si no le hubiese causado emoción alguna el ver aquella carta en el fondo del pozo. -¿Cómo ha ido al parar allí?
«-Una casualidad. señora Peronnette, -respondió mi ayo. -Al entrar en mi cuarto he abierto la puerta, y como también estaba abierta la ventana, se formado una corriente de aire que ha hecho volar un papel. Yo, al ver el papel, he conocido en él la carta de la reina, y me he asomado apresuradamente a la ventana lanzando un grito; el papel ha revoloteado por un instante en el aire y ha caído en el pozo.
«-Pues bien, -objetó la nodriza, -es lo mismo que si estuviese quemada, y como la reina cada vez que viene quema sus cartas...
«¡Cada vez que viene! murmuré, -dijo el preso. Y fijando la mirada en Aramis, añadió: -¿Luego aquella mujer que venía a verme todos los meses era la reina?
Aramis hizo una señal afirmativa con la cabeza.
-«Bien, sí, -repuso mi ayo, -pero esa carta encerraba instrucciones, y ¿como voy yo ahora a cumplirlas?
«-¡Ah! la reina no querrá creer en este incidente, -dijo el buen sujeto moviendo la cabeza; -pensará que me he propuesto conservar la carta para convertirla en un arma. ¡Es tan recelosa y el señor de Mazarino tan...! Ese maldito italiano es capaz de hacernos envenenar a la primera sospecha.
Aramis movió casi imperceptiblemente la cabeza y se sonrió.
-«¡Son tan suspicaces en todo lo que se refiere a Felipe! -continuó mi ayo.
«Felipe es el nombre que me daban, -repuso el cautivo interrumpiendo su relato.


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