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Quintín Durward (Walter Scott) - pág.6

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Quizá pensase que no proclamando sus crímenes podía suceder que no los recordasen los patronos celestiales, cuya ayuda invocaba para su cuerpo.
     Tan grandes fueron las torturas bien merecidas de este tirano en su lecho de muerte, que Felipe de Comines pudo establecer una comparación entre ellas y las numerosas crueldades infligidas a otros por orden suya, y considerando ambas llegó a expresar la opinión que las angustias y agonía experimentadas por Luis fueron tales que podían compensar los crímenes que había cometido, y que después de una razonable cuarentena en el purgatorio podía misericordiosamente ser destinado a las regiones superiores.
     Fenelón también dejó su testimonio adverso a este príncipe, cuyo modo de vivir y gobernar ha descrito en el siguiente notable pasaje:
     «Pigmalión, atormentado por una sed insaciable de riquezas, se hace cada vez más miserable y odioso a sus súbditos. Es un crimen en Tiro tener grandes bienes; la avaricia le hace desconfiado, sospechoso, cruel; persigue a los ricos y teme a los pobres.
     Es un crimen aun mayor en Tiro ser virtuoso, porque Pigmalión sospecha que los buenos no pueden sufrir sus injusticias y sus infamias; la virtud lo condena, se encoleriza e irrita contra ella. Todo le agita, le inquieta, le preocupa; tiene miedo de su sombra; no duerme ni de día ni de noche; los dioses, para anonadarle, le colman de tesoros de los que no puede gozar. Lo que busca para ser dichoso es precisamente lo que le impide serlo. Siente todo lo que da, y teme siempre perder; se atormenta para ganar.
     No se le ve casi nunca; está solo, triste, abatido en el fondo de su palacio; sus propios amigos no se atreven a abordarle por miedo de hacérsele sospechosos. Una guardia terrible provista de espadas desenvainadas y de picas patrulla alrededor de su casa. Treinta cámaras que se comunican entre sí, cada una de las cuales tiene una puerta de hierro con seis grandes cerrojos, constituyen el lugar de su encierro, y se asegura que no se acuesta jamás dos noches seguidas en la misma por miedo de ser degollado. No conoce ni los dulces placeres ni la amistad, todavía más dulce. Si se le habla de buscar la alegría, siente que ésta huye lejos de él y que rehúsa entrar en su corazón. Sus ojos hundidos lanzan miradas siniestras; sin cesar los mueve en todas direcciones; presta atención al menor ruido y se asusta en cuanto lo apercibe; está pálido, abatido, y las más serias preocupaciones se reflejan en su rostro, siempre con arrugas. Se calla, suspira, lanza profundos suspiros, y no puede ocultar los remordimientos que laceran sus entrañas. Los alimentos más exquisitos le desagradan. Sus hijos, en vez de ser su esperanza, son causa de su terror; ha hecho de ellos sus más peligrosos enemigos.


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