Una casa de granadas (Oscar Wilde) - pág.3
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En otra ocasión, se le había echado en falta durante varias horas, y después de una larga búsqueda se le había encontrado en una pequeña cámara de una de las torretas septentrionales del palacio, contemplando, como si estuviera en trance, una gema griega en la que estaba tallada la figura de Adonis. Se le había visto -así circulaba la historia- con sus labios tibios apretados sobre la frente de mármol de una estatua antigua que se había descubierto en el lecho de un río, con motivo de la construcción del puente de piedra, y que llevaba inscrito el nombre del esclavo bitinio de Adriano 1. Había pasado toda una noche observando el efecto de la luz de la luna sobre una imagen de plata de Endimión.
1. El nombre de este esclavo, famoso por su belleza, era Antino. Se ahogó en el Nilo en el año 130.
Todos los materiales raros y costosos ejercían ciertamente una gran fascinación sobre él, y en su avidez en procurárselos había enviado a buscarlos a muchos mercaderes; a unos, a traficar en ámbar con los toscos pescadores de los mares del Norte; a otros, a Egipto, a buscar esa curiosa turquesa verde que se encuentra únicamente en las tumbas de los reyes, y se dice que posee propiedades mágicas; a algunos, a Persia, a por tapices de seda y cerámica decorada, y a otros, a la India, a comprar gasa y marfil teñido en colores, adularias y brazaletes de jade, madera de sándalo y esmalte azul y chales de fina lana.
Pero lo que le había tenido más ocupado era la ropa que iba a llevar en su coronación, la túnica de tisú de oro y la corona engastada de rubíes y el cetro, con sus hileras y anillas de perlas. Ciertamente, era en eso en lo que estaba pensando esa noche mientras estaba reclinado en su lujoso diván contemplando el gran leño de madera de pino que ardía y se consumía en la chimenea. Los diseños, que eran obra de los más famosos artistas de la época, le habían sido sometidos a su aprobación muchos meses antes, y él había dado la orden de que los artesanos se afanaran día y noche para hacerlos, y de que en el mundo entero se buscaran joyas que fueran dignas de su trabajo. Se veía a sí mismo en su imaginación de pie ante el altar mayor de la catedral con el hermoso atavío de un rey, y una sonrisa retozaba y se demoraba en sus labios adolescentes e iluminaba con brillante resplandor sus oscuros ojos montaraces.
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