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Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.16

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- ¿Y dónde demonios has estado? - exclamó la señora Joe al verme y a guisa de salutación de Navidad, cuando yo y mi conciencia aparecimos en la puerta.
Contesté que había ido a oír los cánticos de Navidad.
- Muy bien - observó la señora Joe -. Peor podrías haber hecho.
Yo pensé que no había duda alguna acerca de ello.
- Tal vez si no fuese esposa de un herrero y, lo que es la misma cosa, una esclava que nunca se puede quitar el delantal, habría ido también a oír los cánticos - dijo la señora Joe -. Me gustan mucho, pero ésta es, precisamente, la mejor razón para que nunca pueda ir a oírlos.
Joe, que se había aventurado a entrar en la cocina tras de mí, cuando el recogedor del polvo se retiró ante nosotros, se pasó el dorso de la mano por la nariz con aire de conciliación, en tanto que la señora Joe le miraba, y en cuanto los ojos de ésta se dirigieron a otro lado, él cruzó secretamente los dos índices y me los enseñó como indicación de que la señora Joe estaba de mal humor. Tal estado era tan normal en ella, que tanto Joe como yo nos pasábamos semanas enteras haciéndonos cruces, señal convenida para dicho objeto, como si fuésemos verdaderos cruzados.
Tuvimos una comida magnífica, consistente en una pierna de cerdo en adobo adornada con verdura, y un par de gallos asados y rellenos. El día anterior, por la mañana, mi hermana hizo un hermoso pastel de carne picada, razón por la cual no había echado de menos el resto que yo me llevé, y el pudding estaba ya dispuesto en el molde. Tales preparativos fueron la causa de que sin ceremonia alguna nos acortasen nuestra ración en el desayuno, porque mi hermana dijo que no estaba dispuesta a atiborrarnos ni a ensuciar platos, con el trabajo que tenía por delante.
Por eso nos sirvió nuestras rebanadas de pan como si fuésemos dos mil hombres de tropa en una marcha forzada, en vez de un hombre y un chiquillo en la casa; y tomamos algunos tragos de leche y de agua, aunque con muy mala cara, de un jarrito que había en el aparador. Mientras tanto, la señora Joe puso cortinas limpias y blancas, clavó un volante de flores en la chimenea para reemplazar el viejo y quitó las fundas de todos los objetos de la sala, que jamás estaban descubiertos a excepción de aquel día, pues se pasaban el año ocultos en sus forros, los cuales no se limitaban a las sillas, sino que se extendían a los demás objetos, que solían estar cubiertos de papel de plata, incluso los cuatro perritos de lanas blancos que había sobre la chimenea, todos con la nariz negra y una cesta de flores en la boca, formando parejas. La señora Joe era un ama de casa muy limpia, pero tenía el arte exquisito de hacer su limpieza más desagradable y más incómoda que la misma suciedad.


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