Grandes Esperanzas (Charles Dickens) - pág.8
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- ¿Qué ocurre? -preguntó con cierta elegancia, mientras dejaba su taza.
- Oye - murmuró Joe mirándome y meneando la cabeza con aire de censura -. Oye, Pip. Te va a hacer daño. No es posible que hayas mascado el pan.
- ¿Qué ocurre ahora? - repitió mi hermana, con voz más seca que antes.
- Si puedes devolverlo, Pip, hazlo - dijo Joe, asustado -. La limpieza y la buena educación valen mucho, pero, en resumidas cuentas, vale más la salud.
Mientras tanto, mi hermana, que se había encolerizado ya, se dirigió a Joe y, agarrándole por las dos patillas, le golpeó la cabeza contra la pared varias veces, en tanto que yo, sentado en un rincón, miraba muy asustado.
- Tal vez ahora me harás el favor de decirme qué sucede - exclamó mi hermana, jadeante -. Con esos ojos pareces un cerdo asombrado.
Joe la miró atemorizado; luego dio un mordisco al pan y volvió a mirarla.
- Ya sabes, Pip - dijo Joe con solemnidad y con el bocado de pan en la mejilla, hablándome con voz confidencial, como si estuviéramos solos -, ya sabes que tú y yo somos amigos y que no me gusta reprenderte. Pero... - y movió su silla, miró el espacio que nos separaba y luego otra vez a mí -, pero este modo de tragar...
- ¿Se ha tragado el pan sin mascar? - exclamó mi hermana.
- Mira, Pip - dijo Joe con los ojos fijos en mí, sin hacer caso de la señora Joe y sin tragar el pan que tenía en la mejilla-. Cuando yo tenía tu edad, muchas veces tragaba sin mascar y he hecho como otros muchos niños suelen hacer; pero jamás vi tragar un bocado tan grande como tú, Pip, hasta el punto de que me asombra que no te hayas ahogado.
Mi hermana se arrojó hacia mí y me cogió por el cabello, limitándose a pronunciar estas espantosas palabras:
- Ven, que vas a tomar el medicamento.
En aquellos tiempos, algún asno médico había recetado el agua de alquitrán como excelente medicina, y la señora Joe tenía siempre una buena provisión en la alacena, pues creía que sus virtudes correspondían a su infame sabor. Muchas veces se me administraba una buena cantidad de este elixir como reconstituyente ideal, y, en tales casos, yo salía apestando como si fuese una valla de madera alquitranada. Aquella noche, la urgencia de mi caso me obligó a tragarme un litro de aquel brebaje, que me echaron al cuello para mayor comodidad, mientras la señora Joe me sostenía la cabeza bajo el brazo, del mismo modo como una bota queda sujeta en un sacabotas. Joe se tomó también medio litro, y tuvo que tragárselo muy a su pesar, por haberse quedado muy triste y meditabundo ante el fuego a causa de la impresión sufrida. Y, a juzgar por mí mismo, puedo asegurar que la impresión la tuvo luego aunque no la hubiese tenido antes.
La conciencia es una cosa espantosa cuando acusa a un hombre; pero cuando se trata de un muchacho y, además de la pesadumbre secreta de la culpa, hay otro peso secreto a lo largo de la pernera del pantalón, es, según puedo atestiguar, un gran castigo.
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