El dilema de Hamlet (Jose Carlos Canalda) - pág.6
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salvado a causa de su irresolución.
- ¿Me está proponiendo que construyamos un robot privado de la Primera Ley?
¿Está usted loco? - fue la airada reacción de Alfred Lanning cuando Jiménez le
expuso por vez primera la idea - ¿Acaso quiere usted que se hunda la compañía?
Aunque audaz en sus planteamientos Antonio Jiménez no pretendía llegar tan
lejos; las leyes que regulaban la construcción y explotación de los robots eran
lo suficientemente estrictas como para disuadir a cualquiera de infringirlas. Lo
que sí quería era dar un paso adelante sobre la a su entender conservadora y
anquilosada forma de entender las sacrosantas Tres Leyes de la robótica.
- Por supuesto que no. - respondió a su superior - Pero estimo que las Tres
Leyes, y en especial la primera, podrían ser aplicadas de una manera flexible y
no con la rigidez con que se hace ahora.
- Explíquese, joven. - a pesar de su aparente inflexibilidad Alfred Lanning no
podía disimular completamente su interés por una idea que intuía importante.
- Es sencillo. - el ingeniero comenzaba a paladear su éxito - Hasta ahora,
vuelvo a insistir, las Tres Leyes habían sido inculcadas en los cerebros
positrónicos de los robots de una forma completamente rígida. Cierto es que en
algunos modelos especiales se modificaron los potenciales relativos de cada una
de las Tres Leyes reforzando alguna de ellas en detrimento de las restantes,
como ocurrió con los de la serie Néstor utilizados en la base Híper; pero en
todos los casos el potencial de cada una de las Tres Leyes continuaba siendo
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