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David Copperfield (Charles Dickens) - pág.201

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Está vestida de azul y con flores azules en sus cabellos (no me olvides), como si ella necesitara «no me olvides». Es la primera fiesta de importancia a que he sido invitado y estoy muy cohibido, porque nadie se ocupa de mí ni parece que tengan nada que decirme, excepto míster Larkins, que me pregunta por mis compañeros de colegio. Podría haber evitado el hacerlo, pues no he ido a su casa para que se me ignore.
Después de permanecer en la puerta durante cierto tiempo y recrear mis ojos con la diosa de mi corazón, ella se acerca a mí, ¡ella!, la mayor de las Larkins y me pregunta con amabilidad si no bailo.
-Con usted sí, miss Larkins.
-¿Con nadie más? -me pregunta ella.
-No tengo gusto en bailar con nadie más.
Miss Larkins ríe ruborizada (por lo menos a mí me lo parece) y dice:
-Este baile no puedo; el próximo lo bailaré con gusto.
Llega el momento.
-Creo que es un vals -dice miss Larkins titubeando un poco cuando me acerco a ella- ¿Sabe usted bailar el vals? Porque si no, el capitán Bailey...
Pero yo bailo el vals (y hasta me parece que muy bien) y me llevo a miss Larkins, quitándosela al capitán Bailey y haciéndole desgraciado, no me cabe duda; pero no me importa. ¡He sufrido tanto! Estoy bailando con la mayor de las Larkins... No sé dónde, entre quién, ni cuánto tiempo; sólo sé que vuelo en el espacio, con un ángel azul, en estado de delirio, hasta que me encuentro solo con ella sentado en un sofá. Ella admira la flor (camelia rosa del Japón; precio, media corona) que llevo en el ojal. Se la entrego diciendo:
-Pido por ella un precio inestimable, miss Larkins.
-¿De verdad? ¿Qué pide usted? -me contesta miss Larkins.
-Una de sus flores, que será para mí mayor tesoro que el oro de un avaro.
-Es usted muy atrevido -dijo miss Larkins-,tome.
Me la dio con agrado. Yo la acerqué a mis labios, y después me la guardé en el pecho. Miss Larkins, riendo, se agarró de mi brazo y me dijo:
-Ahora vuelva usted a llevarme al lado del capitán Bailey.
Estoy perdido en el recuerdo de la deliciosa entrevista y del vals, cuando la veo dirigirse hacia mí, del brazo de un caballero de cierta edad que ha estado jugando toda la noche al whist. Me dice:
-¡Oh! Aquí está mi atrevido amiguito. Míster Chestler desea conocerle, míster Copperfield.
Noto enseguida que debe de ser un amigo de mucha confianza y me siento halagado.
-Admiro su buen gusto -dice míster Chestier-, le honra. No sé si le interesará a usted el cultivo de tierras; pero poseo una finca muy grande, y si alguna vez le apetece acercarse por allí, por Ashford, a visitarnos, tendremos mucho gusto en hospedarle en casa todo el tiempo que quiera.
Doy a míster Chestier las gracias más efusivas y le estrecho las manos. Creo estar en un sueño de felicidad, bailo otro vals con la mayor de las Larkins -¡dice que bailo tan bien!- y vuelvo a casa en un estado de beatitud indescriptible.


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