El jugador (Fedor Dostoiewski) - pág.22
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Ni siquiera entendía lo que me había
pasado y no expliqué mis pérdidas a Polina Aleksandrovna hasta poco antes de la
comida. Mientras tanto estuve vagando por el parque.
Durante la comida estuve tan animado como lo había estado tres días antes. El francés y
mademoiselle Blanche comían una vez más con nosotros. Por lo visto, mademoiselle
Blanche había estado aquella mañana en el Casino y había presenciado mis hazañas. En
esta ocasión habló conmigo más atentamente que de costumbre. El francés se fue derecho
al grano y me preguntó sin más si el dinero que había perdido era mío. Me pareció que
sospechaba de Polina. En una palabra, ahí había gato encerrado. Contesté al momento
con una mentira, diciendo que el dinero era mío.
El general quedó muy asombrado. ¿De dónde había sacado yo tanto dinero? Expliqué
que había empezado con diez federicos de oro, y que seis o siete aciertos seguidos,
doblando las puestas, me habían proporcionado cinco o seis mil gulden; y que después lo
había perdido todo en dos golpes.
Todo esto, por supuesto, era verosímil. Mientras lo explicaba miraba a Polina, pero no
pude leer nada en su rostro. Sin embargo, me había dejado mentir y no me había
corregido; de ello saqué la conclusión de que tenía que mentir y encubrir el hecho de
haber jugado por cuenta de ella. En todo caso, pensé para mis adentros, está obligada a
darme una explicación, y poco antes había prometido revelarme algo.
Yo pensaba que el general me haría alguna observación, pero guardó silencio; noté, sin
embargo, por su cara, que estaba agitado e intranquilo. Acaso, dados sus apuros
económicos, le era penoso escuchar cómo un majadero manirroto como yo había ganado
y perdido en un cuarto de hora ese respetable montón de oro.
Sospecho que anoche tuvo con el francés una acalorada disputa, porque estuvieron
hablando largo y tendido a puerta cerrada. El francés se fue por lo visto irritado, y esta
mañana temprano vino de nuevo a ver al general, probablemente para proseguir la
conversación de ayer.
Habiendo oído hablar de mis pérdidas, el francés me hizo observar con mordacidad,
más aún, con malicia, que era menester ser más prudente. No sé por qué agregó que,
aunque los rusos juegan mucho, no son siquiera, a su parecer, diestros en el juego.
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