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Los Muchachos de Jo (Louisa May Alcott)

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Louisa May Alcott
Los Muchachos de Jo

CAPITULO PRIMERO
DIEZ AÑOS DESPUES

-A cualquiera que me hubiera dicho que en estos diez últimos años tendríamos tantos y tan admirables cambios, hubiérale yo contestado que no le creía y que se burlaba de mí -dijo la señora Jo (tía Jo, como la llamaban los chicos) a la señora Meg, al sentarse un día en la plaza de Plumfield, mirándose mutuamente con las caras rebosando orgullo y alegría.
-Esta es la clase de magia que sólo se opera con el dinero y con los buenos corazones. Estoy segurísima de que el señor Laurence no podrá tener un monumento más noble que el colegio que tan generosamente fundó a sus expensas. Y la memoria de tía March se conservará en una casa como ésta tanto tiempo como la casa exista -contestó la señora Meg, que se complacía siempre en alabar a los ausentes.
-Recordarás que cuando éramos pequeñas acostumbrábamos a hablar de hadas y encantamientos, y decíamos que si se presentara una, le pediríamos tres cosas. ¿No te parece que por fin se cumplieron las tres cosas que yo deseaba? Dinero, fama y mucho amor -dijo la tía Jo, arreglándose cuidadosamente el pelo, en forma muy diversa de como lo hacía cuando era muchacha.
-También se cumplieron las mías y Amy está disfrutando con gran contento de las suyas. Si mamá, Juan y Beth estuvieran aquí quedaba la obra terminada y perfecta -añadió Meg con voz temblorosa-; porque el sitio de mamá está ahora vacío.
Jo puso su mano sobre la de su hermana y las dos guardaron silencio por un momento contemplando la agradable escena que tenían a la vista, mezclada de recuerdos tristes y agradables.
La verdad es que en todo aquello parecía que había algo de magia, porque el pacífico Plumfield se había transformado en un pequeño mundo de actividad constante. Las casitas parecían más hospitalarias, tenían las fachadas bien pintadas, los jardincitos muy bien cuidados; por todas partes se respiraba alegría y bienestar, y en lo alto de la colina, donde en otro tiempo no se veían más que águilas revoloteando, se levantaba ahora, majestuoso, el hermoso colegio edificado con el cuantioso legado del magnífico señor Laurence.
Las sendas que conducen a la colina, en otro tiempo desiertas, se veían ahora muy frecuentadas por los estudiantes, unos entretenidos con sus libros y otros alegres y revoltosos yendo y viniendo de un lado para el otro, disfrutando todos de lo que la riqueza, la sabiduría y la benevolencia les había deparado.


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