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Historia del Ajedrez - Del firzán a la dama - Pág. 12

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La metamorfosis del firzán en dama está ligada a la condición de la mujer en Oriente y en Occidente. Una pieza como la dama o reina, claro producto del amor cortés y la poesía trovadoresca, sólo pudo haber sido moldeada en el Occidente medieval cristiano, con su alta cuota de represión sexual. En Oriente, a la dama no se la ensalza; se la goza, se disfrutan con ella los placeres de la carne, sin culpa alguna, sin perdón ni arrepentimiento.

En Oriente, y más precisamente en el mundo musulmán, la mujer estuvo relegada y postergada. La religión islámica no disponía nada contra la poligamia, más allá de las barreras económicas. La mujer era algo que se compraba y se vendía, y carecía de toda participación, no sólo en política, sino también en la vida comercial y de los negocios. Un magnate musulmán tenía muchas esposas, todas las que sus recursos le permitiesen mantener, e igual número de concubinas y esclavas. Ni la literatura, ni las artes plásticas, ni el pensamiento árabes fueron ajenos a esta realidad, y una importante cuota de erotismo está presente en toda la vida musulmana. Mal podía aparecer una figura femenina ocupando un papel importante, ni siquiera en un juego, en un mundo en el que la mujer no era más que un juguete de placer o un medio de reproducción, hábil para dar a luz jóvenes guerreros -no mujeres: el nacimiento de una niña era visto como una desgracia familiar, sobre todo en las familias pobres, puesto que estaba condenada, casi desde su nacimiento, a ser vendida como esclava, ya que nadie se ocuparía de ella.

En cambio en Occidente, en los tiempos de doña Leonor de Aquitania (siglo XII) la figura femenina se agiganta. Se crean los tan discutidos "Tribunales de Amor", donde se sancionan los códigos que entre otras cosas establecen que una mujer puede ser cortejada por dos enamorados a la vez y, para decirlo con términos que corresponden a otro juego, ella tiene el quiero y resolverá cuál de los dos enamorados ha sido el más galante, cuál merece que se le retribuya en la medida en que dio. Durante mucho tiempo se dudó de la existencia real de estos tribunales; sin embargo, Jacques Lafitte Housot, destacado medievalista francés, en un libro titulado "Trovadores y cortes de amor", intentó demostrar y en buena medida lo logró, la existencia real de las actas de estos juicios de amor, presididos por la soberana, en los que ésta aparece actuando como jueza y resolviendo pleitos.

En su paso a Occidente, los nombres de las piezas no fueron traducidos directamente del persa o del árabe al latín o a las lenguas vernáculas sino que se fueron amoldando a la nueva geografía que las cobijaba.

Etimológicamente, el proceso operado en el caso específico de la dama, hizo que de firzán se pasase a alferza, nombre que le da el rey Alfonso el Sabio en su célebre manuscrito ajedrecístico. Al latinizarse, esta voz se transforma en fercia, con lo que se da el paso clave para su metamorfosis sexual, ya que el alferza de Alfonso seguía siendo un personaje de sexo masculino. Los franceses hicieron fierce y mas tarde vierge (virgen), asociándola con la Virgen María, con lo cual ya había cambiado de sexo. Las obras en latín la bautizaron regina, en parte porque la Virgen María es la Reina del Cielo, o Regina Coeli, y en parte porque en la mayoría de las monarquías medievales la reina ocupaba un lugar importante.

Los medievales sólo podían entender un juego como el ajedrez siempre y cuando, junto al rey, se encontrase la figura de la reina. Ella es regente de sus hijos menores de edad, hasta que estén en condiciones de hacerse cargo del trono; ella gobierna, toma decisiones, hace la guerra, hace el amor (con el rey o, en ausencia del rey, con algún gentilhombre dispuesto que hubiere en la Corte). En otras palabras, es un personaje importante y la compañía indiscutida del rey.

En algunas regiones de Europa al rey se lo llamó dominus o señor, también por influencia religiosa; por lo tanto la reina fue llamada domina, fundamentalmente en tierras itálicas, de lo que fácilmente se pasó a donna o señora, de lo que derivó dama. Muy probablemente los españoles empezaron a llamar dama a esta pieza por influencia itálica, promediando el siglo XVI, que fue una época de intercambio fluido entre las dos penínsulas.

Así es como se operó una de las transformaciones cruciales en la historia del ajedrez y el farzín de los persas, hecho firzán por los árabes, de sexo masculino, lento y de poca importancia en el tablero, vino a resultar la dama ágil, maliciosa, pícara y desenfrenada, capaz de ir de una punta a la otra del tablero en unos pocos movimientos, reuniendo el andar de los dos alfiles y el de la torre.


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