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Como ganar al Poker y al Black Jack - Edición Especial - Pág. 5

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6. Curiosidades

Existe una variante del póker realmente curiosa y poco habitual, que en la actualidad no se juega, y que incluso en otros tiempos se jugaba muy raramente, por los riesgos que implicaba, sobre todo si ese juego se llevaba a cabo en ambientes dados a las reacciones violentas. Que es, precisamente, donde se solía jugar con mayor frecuencia, ya que por lo general eran gente que buscaban emociones fuertes en todo, y esa modalidad de póker las ofrecía en abundancia.

Podemos denominarle, y de hecho así le llamaban muchos, "póker ciego" (nada que ver con lo que antes hablamos sobre el jugador que dice "yo soy ciego"). Y ciego y bien ciego era.

Se repartían los naipes como es habitual, de uno en uno hasta los cinco reglamentarios. Pero todas las cartas boca abajo, delante de cada jugador. Ya había el pozo inicial en medio de la mesa. Y al alzar la primera carta, se hacía el primer envite. El que tenía una K o un as, hacía la postura más fuerte. Los demás, aceptaban o no, según su naipe visto. El que pasaba, esperaba turno siguiente, pero entonces, si aceptaba seguir, debía aceptar el segundo envite total, y añadirle el doble del envite previo. Y así sucesivamente al ir destapando cada carta.

Si uno mostraba tres naipes con un trío o cuatro con un póker, es obvio que subía a tope. Si alguien aceptaba, se llegaba al final. Y si no, no era necesario destapar la carta o cartas que restaban, dando por terminado el juego y llevándose el ganador de la jugada más alta el dinero de la mesa.

Como se ve, era un juego osado y traicionero, porque a veces las cartas altas exhibidas eran vencidas por alguien que parecía tener menos posibilidades. Pero, eso sí, el farol estaba descontado, porque nadie podía apostar en falso, a la vista de sus propios naipes descubiertos. Se convertía así el póker en un juego de envite, paro a cartas vistas, aunque el inicio de la partida fuese de lo más «ciego». Pero insistimos en que esa modalidad era poco habitual, y reducida a ambientes muy concretos. No es un modo de juego que haya pasado a la posteridad, ni mucho menos.

Es tal la influencia del póker sobre cualquier otro juego, que incluso algo tan antiguo como el de los dados -ya se jugaban en el Antiguo Egipto o en Roma, e incluso se sabe que la túnica de Cristo se la jugaron los romanos a los dados-, pasó de ser el tradicional juego de puntos, del uno al seis, a convertirse en un juego de «póker de dados».

Para ello, se sustituyeron las seis caras del dado con seis motivos diferentes a sus puntos tradicionales, o redondeles oscuros del uno al seis, por seis naipes de la baraja de póker, exactamente comenzando por el 9, y siguiendo por el 10, J, Q, K y A. Se juega, como en el caso de los naipes, con cinco dados en el cubilete. Se arrojan una primera vez, y se apartan los dados válidos para una jugada, por ejemplo un as, o dos K, dos Q dos J, dos 10 o dos 9, y mejor si salen de un principio tres o cuatro, naturalmente. Aquí no valen las dobles parejas ni los fulls, a menos que se haya decidido así previamente, ni tan siquiera una escalera. Se va únicamente al póker o al repóker, e incluso a más, si tenemos la fortuna de que inicialmente nos salgan ya cinco figuras iguales.

Porque se tiran dos veces más, y se van reuniendo todas las figuras que nos han salido. Cuando hay cinco reunidas y queda alguna tirada por hacer, se recogen todos los dados y se vuelve a tirar, sumando las caras iguales que nos hayan salido a las cinco que ya teníamos antes.

Si en la primera o segunda tirada no sale nada aprovechable -una pareja o un as-, se recogen todos los dados y se sigue tirando, pero eso no significa que podamos hacer más de tres tiradas, sino que esperaremos a que en una segunda o tercera tirada nos salga algo aprovechable. Habitualmente -salvo decidir previamente lo contrario de mutuo acuerdo entre los jugadores-, el as tiene el valor de comodín, y por tanto se puede convertir en lo que nos convenga según la jugada que hemos sacado. Es decir, si obtenemos tres K y un as, pongamos por, ejemplo, tenemos cuatro K. Y así en todos los casos. Por eso, a veces, uno elige quedarse con un as y una K, pongamos por caso, esperando que en la siguiente tirada, salga alguna K o algún as más, para hacer jugada.

A este póker también se puede jugar fuerte si se desea, porque hay distintos medios de jugarlo, desde los que hacen una partida a puntos, simplemente por entretenimiento, jugándose una consumición o cosa parecida, hasta quienes envidan a cada jugada o tirada que se hace, y los contrarios aceptan o la rechazan. Asimismo se puede jugar de compañeros --cosa que con los naipes es imposible en el póker, al contrario que en algunos otros juegos de cartas--, sumando los puntos por parejas. En los casinos se juega a los dados, pero a los puntos, y los de póker rara vez son utilizados en esos establecimientos, aunque en los garitos ilegales se puede jugar a todo lo que se quiera.

Dentro del apartado de curiosidades respecto al póker, podemos incluir también las relativas a la propia baraja. Esta, como tal, con todas las variantes experimentadas a lo largo de los siglos, tiene su propia historia, al margen de su exacto grafismo actual. Es decir, que en su origen, tanto la llamada "baraja española" como la "americana o francesa" que se usa en el póker -advirtamos que en los países latinos también se juega a veces al póker con grafismos de baraja española, esto es con oros, copas, espadas y bastos,-sólo que añadiéndole en el contorno de la figura una especie de recuadro con el palo de la carta, y su número o figura bien visible. Esto es, añadiendo a la baraja tradicional española un ocho, un nueve y un diez, usando el caballo como Q -letra que figura en ambos picos de la carta, caso de utilizarlas para el póker-, la sota como J y el rey como K. El juego no varía lo más mínimo una vez otorgados esos valores en su ángulo superior izquierdo y en el inferior derecho, tal y como lo vemos en las cartas francesas.

De hecho, hace muchos años que se usan ese tipo de cartas como alternativas para jugar al rummy o "ramiro", especialmente en los casinos de las capitales de provincia españolas, así como en los domicilios y círculos familiares.

Ya en la literatura, desde la más seria a la estrictamente popular, el juego ha sido utilizado mil veces como detonante dramático de la acción y de sus personajes. Desde el inmortal Dostoyevsky, con su magistral obra "El jugador" -llevada al cine, cómo no, con el título de "El gran jugador-, auténtico retrato psicológico del adicto enfermizo, hasta los autores de géneros populares, como los escritores del género del Oeste o el policiaco, pocos son los que no han recurrido a las cartas y al póker como elemento más o menos decisivo de su obra. Tal vez el más original haya sido Lewis Carroll -seudónimo del reverendo Robinson Duchworth-, en su obra "Alicia en el País de las Maravillas", donde la heroína es acusada y juzgada por un mundo de cartas de la baraja, presidido por la despótica Reina de Corazones. Es una secuencia realmente kafkiana, cuyo simbolismo no está del todo claro, pero el mundo de cartas de la baraja que crea Carroll es una verdadera delicia.

En cuanto al cine, ¿qué se puede decir que el lector no conozca ya por propia experiencia? Han sido cientos, miles de veces, las que ese medio artístico ha reflejado en la pantalla una partida de póker más menos decisiva, especialmente en temas del Oeste o de pistoleros modernos, los ambientes que más se prestan a esa clase de escenas. Pero también en obras de otro estilo hemos visto el póker casi como un protagonista más. Así, en «Un tranvía llamado Deseo», la partida que juegan repetidamente Marlon Brandon y Karl Malden con otros vecinos, no sólo da ambiente a la opresiva y sofocante atmósfera de la obra, sino que contribuye a dibujar la psicología de los personajes y acentuar el dramatismo de las situaciones escénicas. En «El jugador del Mississippi», lógicamente, al ser un profesional del juego el protagonista, resulta inevitable que el póker sea, en un casino flotante, casi elemento indispensable durante gran parte del film.

En «Pasión de los fuertes», la película de John Ford sobre Wyatt Earp y el O.K. Corral, hay una partida de Henry Fonda al principio, y otra posterior donde interviene otro jugador profesional, Doc Holluday (encarnado por el actor Víctor Mature), que tienen asimismo atmósfera y tensión, y no son de relleno ni mucho menos, sino situaciones dramáticas con un sentido dentro del total de la obra.

Sería interminable la mención de películas sobre el póker, pero una de las que dejan huella por lo decisivo de una partida en el tema principal, es "El Mejor jugador del Mundo", donde Edward G. Robinson interpreta al mejor especialista en póker, y el film termina con una impresionante partida de póker donde se enfrentan un póker de ases y una escalera de color, en una secuencia tensa y agobiante, cuyo final tiene una gran carga dramática.

Menos importarte, pero también decisivas en el tema, tenemos partidas de póker en películas como "El póker de la muerte", "El gran combate", "El pistolero", "Tombstone" y muchas otras, incluso las musicales, caso de "Magnolia", en la que Howard Keel es el intérprete de otro jugador profesional del Mississippi.

En otras películas hemos podido ver cómo se juega el póker en los casinos, que es otra variante, en sus normas, respecto al modo habitual de jugarse, ya que en esos establecimientos es forzoso que un croupier reparta los naipes, como puede hacerlo un colega en la mesa de la ruleta con las apuestas, y jueguen todos frente a la banca, que representa el propio croupier. Ahí, siempre da éste las cartas, se puede exigir baraja nueva en todo momento, y se pueden examinar sin que ello implique ofensa alguna para el empleado de la casa, ya que cada jugador está en su derecho de comprobar si los naipes pueden haber sido marcados por algún otro de la mesa, con imperceptibles arañazos, pongamos por caso. Es obvio aclarar que, en esas circunstancias, es siempre la banca la que gana en caso de jugadas iguales, y que en caso de duda marca las normas a seguir.

En algunos casos, el croupier no interviene en el juego, limitándose a repartir cartas, pero quedándose la banca con un porcentaje del fondo de cada jugada. Todo ello depende de las normas establecidas por el casino, y que el jugador puede aceptar o rechazar, según desee entrar o no en el juego.

Es frecuente que en los casinos se juegue al póker descubierto, sobre todo en Las Vegas y lugares parecidos, ya que es más adecuado para la mesa de un local de esas características.


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