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Sueño de una noche de verano (William Shakespeare) - pág.26

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DEMETRIO.- Mejor diríais que tengo el del moribundo traspasado de dolor; pero vos, que sois mi asesino, aparecéis tan clara y brillante como ese astro Venus en su fúlgida esfera.
HERMIA.- ¿Qué importa eso a mi Lisandro? ¿Dónde está?... ¡Ah, buen Demetrio! ¿Quieres devolvérmelo?
DEMETRIO.- Preferiría arrojar su osamenta a mis perros.
HERMIA.- ¡Fuera de aquí, tigre! ¡Fuera, chacal! Me atormentas más allá del límite de toda paciencia. ¿Es decir que tú lo has asesinado? ¡Que jamás se te vuelva a contar entre los hombres! ¡Oh! Di la verdad, dila siquiera una vez por piedad. ¿Te atreves a haberlo mirado despierto, y lo matas cuando yace dormido? ¡Oh heroísmo! Un gusano, un áspid, ¿no podrían hacer lo propio? ¡Porque nunca áspid alguno pudo herir con lengua más pérfida que la tuya, serpiente!
DEMETRIO.- Gastáis vuestra cólera, víctima de un engaño. No soy culpable de la sangre de Lisandro, ni tengo indicio alguno para pensar que haya muerto.
HERMIA.- Pues entonces te suplico me digas que está bien.
DEMETRIO.- Y Si pudiera hacerlo ¿qué me valdría?
HERMIA.- El privilegio de no verme jamás. Abandono tu presencia con ese voto. No vuelvas a verme, sea que haya muerto, o no. (Sale.)
DEMETRIO.- Es inútil seguirla en este arranque de cólera. Así, me quedaré aquí por breve rato y buscaré en el sueño alivio a mi dolor, porque éste se hace doblemente pesado con el insomnio. (Se acuesta.)
OBERÓN.- ¿Qué has hecho? La has errado por completo, vertiendo el jugo amoroso en los ojos de algún amante verdadero; y por fuerza tu equivocación hará que se mude un amor sincero, en vez de mudar uno falso.
PUCK.- Eso quiere decir que quien impera es el destino, y que por un hombre verdadero, hay un millón que faltan a sus juramentos.
OBERÓN.- Ve por el bosque, más rápido que el viento y procura encontrar a Elena de Atenas. Triste y abatida está, pálidas las mejillas, suspirando de amor, y consumiendo la riqueza de su sangre juvenil. Valiéndote de cualquiera ilusión hazla venir.


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