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A vuestro gusto (William Shakespeare) - pág.37

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Muéstrame la herida que te han hecho. Púnzate, aunque sólo sea con un alfiler, y te quedará alguna señal: apóyate, aunque sólo sea sobre un jun­co, y la mano conservará siquiera por unos instantes la huella de la presión. Pero mis ojos ahora que se han clavado ceñudos en ti, no te lastiman; Y, estoy segura de ello, ningunos ojos tienen fuerza para ha­cerlo. SILVIO.- ¡Oh amada Febe! Si alguna vez (y acaso se halle próxima halle próxima) encuentras en algu­na fresca mejilla el poder de la fantasía, entonces sabrás qué invisibles heridas hacen las agudas fle­chas del amor. FEBE.- Pues hasta entonces no te me acerques; y cuando, suceda, persígueme con tus burlas y no me compadezcas, así como yo no he de compadecerte hasta entonces. ROSALINDA.- (Avanzando.) ¿Y sabréis decirme por qué? ¿De qué madre habéis nacido que así insultáis y desdeñáis y abrumáis a un desdichado? Pues aun­que tuvierais más belleza (y, a fe mía, no veo que te­néis más que la necesaria para acostaros a obscuras) ¿habríais de ser por eso orgullosa e implacable? ¿Por qué me miráis así? No veo en vos más que una de tantas obras vulgares de la naturaleza. ¡Por vida mía! ¡Pienso que quiere también confundir mis ojos! No, por cierto, soberbia dama, no esperéis tal. No son vuestras cejas color de tinta, vuestro cabello de seda negra, vuestros ojos abalorio, ni vuestra mejilla de natas, lo que podría subyugar mi ánimo a vuestra adoración. Necio pastor: ¿por qué la seguís como el brumoso viento del Sur, lleno de ráfagas y lluvia? Sois mil veces mejor como hombre que ella como mujer; y son los necios, como vos, quienes llenan el mundo de hijos desgraciados. Sois vos y no su es­pejo quien la adula; y a causa de vos, se ve ella mu­cho mejor que lo que pueden mostrarla sus propias facciones. Pero, señora, conoceos bien, poneos de rodillas, y dad gracias al cielo, con el ayuno, por el amor de un hombre honrado. Y tengo que deciros una verdad al oído: vended cuando podáis: no sois artículo que tendría salida en cualquier mercado. Pedid perdón al hombre amadle; aceptad su oferta. Es doblemente fea la que añade a la fealdad el des­precio. Tómala, pues, pastor, y quedad con Dios. FEBE.- Hermoso joven, regañadme un año entero. Prefiero vuestras reconvenciones a requiebros de este hombre. ROSALINDA.- Él se ha enamorado de la fealdad de ella, y ella acabará por enamorarse de mi enojo.


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