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A vuestro gusto (William Shakespeare) - pág.12

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Y como los cisnes de Juno, jamás fuimos a lugar alguno sino como una pareja inseparable. DUQUE. -Es demasiado astuta para ti, y su suavi­dad, su silencio mismo y su paciencia, hablan al pueblo, y éste la compadece. Eres una simple. Ella te defrauda de tu reputación; y tú aparecerás más inteligente y más virtuosa, cuando ella se haya ido. No repliques, pues. La sentencia que he dado contra ella es firme a irrevocable; está desterrada. CELIA. - Pronunciad entonces, señor, esa sentencia contra mí. Yo no puedo vivir sino a su lado.
DUQUE. -Eres una loca. Disponeos a partir, sobri­na. Si os excedieseis del plazo, por mi honor y lo sa­grado de mi palabra, que os costará la vida. (Salen el duque Federico y séquito.)
CELIA. - ¡Oh pobre Rosalinda mía! ¿A dónde irás? ¿Quieres cambiar de padres? Te daré el mío. Te ase­guro que no estás más desolada que yo. ROSALINDA. -Tengo mayor motivo. CELIA. -No es así, prima. Te ruego que te animes. ¿No comprendes que el duque me ha desterrado, a mí, su hija? ROSALINDA. -No, no lo ha hecho. CELIA. -¿Que no? ¿Te falta, pues, Rosalinda, el amor que te enseña que tú y yo somos una? ¿Habre­mos de ser separadas? ¿Habremos de decirnos adiós, dulce prenda mía? No. Busque mi padre otro heredero. Discurre conmigo el modo de que huya­mos, a dónde iremos y lo que habremos de llevar. Y no intentes soportar tú sola tus pesares, prescin­diendo de mí; porque tomo por testigo al cielo, que palidece a la vista de nuestras penas, de que a pesar de cuanto digas, me marcharé contigo. ROSALINDA. - Pero ¿a dónde ir? CELIA.- A buscar a mi tío.
ROSALINDA. -¡Ah! ¡Qué, peligro para nosotras, doncellas, viajar a tanta distancia! Más pronto pro­voca a los malvados la belleza que el oro. CELIA. -Me cubriré de pobres y mezquinas vesti­duras, y me embadurnaré la cara con una especie de barniz oscuro. Harás lo mismo, y así seguiremos nuestro camino sin provocar asaltos. ROSALINDA. -¿No sería mejor, ya que soy de una estatura más alta que la general, que me disfrazara de hombre? Con una buena daga al cinto y un vena­blo en la mano (aunque en mi corazón se anide oculto todo el miedo de la mujer), tendré un exterior marcial e imponente. Y en ello seré como muchos hombrezuelos cobardes que con la apariencia ocul­tan su cobardía.


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