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A buen fin no hay mal principio (William Shakespeare) - pág.31

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A lo que veo, eres objeto de aversión universal,
y todos debieran sacudirte. Paréceme que has sido creado para que las
gentes te soplen a la cara.
PAROLLES.- Vuestro tratamiento es duro, y disto mucho de merecerlo,
señor.
LAFEU.- Vamos, señor; que fuiste zurrado en Italia por haber sacado
una pepita de una granada. Eres un vagabundo y no un verdadero viajero.
Tienes más desenfado para con los señores y demás personajes ilusres de lo
que te permiten el escudo de armas de tu nacimiento y tus cualidades. No
mereces otro título sino el de sinvergüenza. Te dejo. (Sale.)
(Entra BELTRÁN.)
PAROLLES.- Bien, muy bien, así es... Bien está; guardémoslo en
secreto por ahora.
BELTRÁN.- ¡Perdido para siempre, y condenado a eternas inquietudes!
PAROLLES.- ¿Qué tenéis, mi caro amigo?
BELTRÁN.- Aunque con toda solemnidad la haya aceptado por mujer ante
el altar, jamás compartiré su lecho.
PAROLLES.- ¿Qué hay, caro amigo mío?
BELTRÁN.- ¡Oh! Mi querido Parolles, me han casado. Quiero marchar
cuanto antes a la guerra de Toscana, y así evitaré el admitirla en mi
lecho.
PAROLLES.- Francia es una perrera, que no merece ser pisada por un
hombre honrado. ¡A la guerra!
BELTRÁN.- Aquí hay cartas de mi madre, cuyo contenido ignoro todavía.
PAROLLES.- Pues convendría saberlo. ¡A la guerra, mi niño, a la
guerra! Mantiene su honor encerrado dentro de una caja el que acaricia en
su hogar a su media naranja, gastando entre sus brazos el vigor viril que
debería emplear en vencer los brincos y la fogosidad del ardiente corcel
de Marte. Partamos para otros climas. Francia es un establo, y cuantos
permanezcamos en ella somos unos rocines. ¡Ea, pues! ¡A la guerra!
BELTRÁN.- Estoy decidido. A ella la mandaré a mi casa. Haré sabedora
a mi madre del odio que le tengo y del motivo de mi fuga; escribiré al rey
lo que no me atrevo a decirle de palabra. Las mercedes que acaba de
prodigarme costearán los gastos que pueda hacer durante esas guerras de


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