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A buen fin no hay mal principio (William Shakespeare) - pág.18

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satisfacciones.
LAFEU.- A fe mía que hubierais herido de través; pero vengamos a
nuestro propósito, mi honorable señor. ¿Queréis sanar de vuestra
enfermedad?
EL REY.- No.
LAFEU.- ¡Oh! ¿No queréis comer uvas, mi real zorro? Sí; bien las
quisierais, si pudieseis alcanzarlas. He dado con un médico mujer, capaz
de infundir vida a las piedras, de animar una roca y de haceros bailar un
canario con fuego y precipitación, cuyo simple contacto tendría poder para
resucitar al rey Pepino, hacer tornar la pluma al grande Carlomagno y
escribirle con ella versos de amor.
EL REY.- ¿Quién es esa mujer?
LAFEU.- La doctora Ella. Acaba de llegar, señor; consentid en
recibirla. Lo juro por mi fe y por mi honor, si es que después de la
ligereza de exordio puede hablar en serio. Acabo de hablar con una persona
cuyo sexo, edad, palabras, discreción y firmeza me han maravillado tanto,
que me resuelvo a atribuirlo a mi flaqueza de espíritu. ¿Queréis verla,
como ella solicita, y conocer el asunto que aquí la trae? Después de ello,
burlaos de mí como mejor os plazca.
EL REY.- Vamos, buen Lafeu; preséntame el objeto de tu admiración
para que la comparta contigo o la disipe, admirándome de tu propia
torpeza.
LAFEU.- No; quedaréis convencido antes de acabar el día. (Sale.)
EL REY.- La especialidad de este hombre son los prólogos largos para
no expresar nada.
(Vuelve a entrar LAFEU acompañando a ELENA.)
LAFEU.- Acercaos, pues.
EL REY.- Verdaderamente, su prisa tenía alas.
LAFEU.- Venid; aquí tenéis a su majestad. Explicaos. Nada huelo en
vos de conspirador. Aunque su majestad teme poco a los conspiradores de
vuestro talante. Soy el tío de Crésida y no me intranquiliza el dejaros
con él a solas. Adiós. (Sale.)
EL REY.- Vamos a ver, bella joven, ¿soy yo a quien os dirigís?
ELENA.- Sí, mi buen señor. Mi padre fué Gerardo de Narbona, sujeto
incomparable en su profesión.
EL REY.- Lo he conocido.
ELENA.- No voy a detenerme en hacer su elogio, puesto que lo


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