A buen fin no hay mal principio (William Shakespeare) - pág.7
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Las empresas extraordinarias parecen imposibles a los que, midiendo la
dificultad material de las cosas, imaginan que lo que no ha sucedido no
puede suceder. ¿Cuál es la mujer que poniendo en juego todos los resortes
para dar a conocer cuanto vale, no tiene fe en su amor? La enfermedad del
rey... Mis proyectos pueden traicionar mis esperanzas; pero mis
resoluciones son fijas y no fracasaré. (Sale.)
Escena II
PARÍS.- APOSENTO EN EL PALACIO DEL REY.
Toque de cornetas. Entran el REY DE FRANCIA, con cartas en la mano;
SEÑORES y otras personas del séquito.
EL REY.- Los florentinos y los sieneses están por el estruendo. Han
combatido con fortuna equilibrada y continúan guerreando valerosamente.
SEÑOR PRIMERO.- Eso se dice, sire.
EL REY.- Y es verosímil. Nos ha confirmado esa noticia nuestro primo
de Austria, que me advierte que los florentinos se disponen a pedirnos
socorro inmediato. Por donde nuestro muy caro amigo anticipa las
proposiciones y parece desear que les opongamos una repulsa.
SEÑOR PRIMERO.- El afecto y la prudencia de que tantas pruebas ha
dado a vuestra majestad, abogan en favor de una confianza absoluta.
EL REY.- Su intervención ha decidido ya nuestra respuesta y la
demanda de los florentinos se ha desestimado aun antes de llegar su
embajador. Sin embargo, respecto de nuestros gentileshombres que deseen
ponerse al servicio de Toscana, tienen permiso libre para elegir el
estandarte que les acomode.
SEÑOR SEGUNDO.- Ello podrá servir de entrenamiento a nuestra joven
nobleza, impaciente por adiestrarse y distinguirse.
EL REY.- ¿Quién viene?
SEÑOR PRIMERO.- Señor, es el conde del Rosellón, el joven Beltrán.
EL REY.- Joven, te pareces a tu padre. La Naturaleza liberal, más
celosa que prematura, te ha modelado perfectamente. ¡Ojalá hayas heredado
también las prendas morales de tu padre! Sé bienvenido a París.
BELTRÁN.- Mi reconocimiento y mi deber están a las órdenes de vuestra
majestad.
EL REY.- Pluguiere a Dios que conservase aún el vigor que poseía
cuando tu padre y yo, unidos por estrecha amistad, ensayábamos por vez
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