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Julio César (William Shakespeare) - pág.7

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Las mejillas de Calpurnia están pálidas, y Cicerón deja ver su semblante irritado y la fiereza de sus ojos, tal como le contemplamos en el Capitolio cuando le contrarían en los debates algunos senadores.
CASIO. - Casca nos dirá qué ha sido.
CÉSAR. - ¡Antonio!
ANTONIO. - ¿César?
CÉSAR. - Rodéame de hombres gruesos, de poca cabeza y que de noche duerman bien. He allí a Casio, con su figura extenuada y hambrienta. ¡Piensa demasiado! ¡Semejantes hombres son peligrosos!
ANTONIO. -No le temáis, César; no es peligroso; es un noble romano y de rectas intenciones.
CÉSAR - ¡Le quisiera más grueso! Pero no le temo. Y, sin embargo, si mi nombre fuera asequible al temor, no sé de hombre alguno a quien evitase tan pronto como a ese enjuto Casio.
Lee mucho, es un gran observador y penetra admirablemente en los motivos de las acciones humanas. Él no es amigo de espectáculos, como tú, Antonio, ni oye música. Rara vez sonríe, y si lo hace es de manera que parece mofarse de sí mismo y desdeñar su humor, que pudo impulsarle a sonreír a cosa alguna. Tales hombres no sosiegan jamás mientras ven alguno más grande que ellos, y son, por lo tanto, peligrosísimos. Te digo más bien lo que es de temer que lo que yo tema, pues siempre soy César. Colócate a mi derecha, pues soy sordo de este oído, y dime francamente lo que opinas de él. (Salen CÉSAR y su séquito, menos CASCA.)
CASCA. - Me habéis tirado del manto. ¿Queríais hablarme?
BRUTO. -Sí, Casca; contadnos qué ha sucedido hoy, que César parece tan descontento.
CASCA. - ¿Pues no estabais con él?

BBUTO. - No preguntaríamos entonces a Casca lo ocurrido.
CASCA. - Pues sucedió que le ofrecieron una corona, y ofrecida que le fue, la apartó con el revés de la mano, así, y entonces el pueblo prorrumpió en aclamaciones.
BRUTO. - ¿Qué motivó el segundo clamoreo?
CASCA. - Pues lo mismo.
CASIO. - Hubo tres vítores. ¿A qué obedeció el último aplauso?
CASCA. - Pues a lo mismo.
BRUTO. - ¿Le ofrecieron tres veces la corona?
CASCA. - Sí, a fe mía, así fue, y la apartó por tres veces, cada una más suavemente que la anterior, y a cada vez que la apartaba vociferaban mis honrados vecinos.


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