El Sedán Azul (Ann Bridge) - pág.20
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A. de A.
Y
J. St. C. B. B.
Los versos hicieron que las lágrimas acudieran de nuevo a sus ojos. Pasaron unos segundos antes de que se fijaran otra vez en la inscripción. Al hacerlo, retrocedió como si le hubiera picado una serpiente, cerró los ojos y permaneció inmóvil. Con un gesto abrió el monedero, extrajo una de sus tarjetas y comparó con ella las iniciales de la inscripción, Mrs. J. St. C. B. Bowlby. Sobre la cartulina blanca, las letras negras, precisas, implacables, la provocaban al lado de las mayúsculas grabadas en la piedra. No podía haber error. El misterio había sido puesto al descubierto, aunque ella se resistía a admitirlo. "Jim", murmuró Mrs. Bowlby con cierta dificultad, luego, "Jacques". Lentamente, todas las coincidencias, todas las pruebas, acudieron a su mente con una fuerza devastadora. Su presentimiento, su intuición sobre el muro no la habían engañado. Algo acababa de finalizar en este jardín. De pie cerca del estanque en forma de trébol, inmersa en las primeras oleadas del dolor, apenas consciente de sus palabras, murmuró: "Después de todo, el trébol trae aparejada la felicidad."
Después de haber pronunciado esta segunda cita de la Voz, le pareció salir del estupor que la había embargado hasta entonces. ¡Intolerable! No encontró otra palabra mejor. Se acercó a buen paso hasta donde estaba el viejo k´ai-men-ti, y le rogó que la acompañara hasta la salida. Así lo hizo el hombre, conduciéndola hasta la puerta de entrada. Ella vio el sedán, oscuro y brillante, tal como lo había visto siempre delante de tantas puertas. Dio una vuelta a su alrededor, para examinarlo con mayor precisión. Detrás, el jardín; delante, el automóvil. Liu la vio salir y corrió a abrirle la portezuela. Pero Mrs. Bowlby no subió al coche. Rogó a Shwang que hiciera venir una silla volante, indicando al coolie la dirección del Banco.
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